
Hace unos meses conocí a alguien, le llamaré De. Empezamos a coincidir por las mañanas en la cafetería, a la hora del desayuno. De no es de aquí, pero trabaja aquí. Habla por los codos y, enseguida, me di cuenta de que perdía un poco de aceite.
Cuando mis compañeras de trabajo empezaron a lanzarme sonrisitas disimuladas y a soltar perlitas como que era posible que yo le gustara a De, cuando él empezó matemáticamente a decirme cada mañana lo guapa que estaba (hasta que le corté de una manera muy sutil), cuando decidió invitarme a una comida por su cumpleaños (a solas, aunque también conoce a mis compañeras; a ellas no les dijo nada de susodicha comida) y me inventé un calendario que no coincidiera nunca con sus días libres... empecé a evitarle.
Seguimos coincidiendo a desayunar, aunque yo últimamente me concentro en el periódico o incluso en un libro. He comprobado que se pone nervioso si no le hago caso. Es que verdaderamente pierde aceite y es un poco maruja. Y algo que no soporto es que intenten husmear en cosas de las que no quiero hablar.
Esta mañana me ha dicho que hoy al mediodía nos veríamos pero ahora me he marchado de la cafetería como alma que lleva el diablo. Es un buen tío, pero es muy ansioso, habla hasta por los codos (más que yo, que ya es decir...) y me pone algo nerviosa. Es que no.
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