
Hace muchos, muchísimos años, las brujas fueron el alma del mundo. Los hombres cazaban, luchaban por defender sus territorios y las mujeres parían a sus hijos y los cuidaban. Pero la enfermedad y la muerte los acechaban como las bestias hambrientas de los bosques.
Una noche sin luna, en un lugar muy lejano, cayó una roca ardiente del cielo que abrió un gran agujero sobre la faz de la Tierra. Los hombres temieron que fuese un castigo de los dioses y huyeron despavoridos del lugar como si los persiguiera el Diablo. Pensaban que aquella inmensa bola de fuego sólo podría traer desgracias a su pueblo. Así pasó mucho tiempo, siglos o milenios tal vez, sin que nadie se acercara por aquel lugar maldito, del que aún se desprendía una bruma densa que parecía salir del interior de la Tierra.
Hasta que un día, una extraña mujer, de la que nadie supo nunca el nombre y a la que nadie conocía, apareció en una aldea cercana. Era tan bella y delicada que todos la recibieron como si fuese una diosa, pero se asustaron al oírla decir que había encontrado una pequeña y mágica piedra dentro del páramo. Desde entonces la llamaron "la mujer surgida de la bruma".
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