
Hoy me he acordado de mi visita a Budapest. Para mí, fue uno de los viajes más maravillosos que he tenido nunca. Hace ya algunos años. Desde entonces se ha vuelto más turístico, seguro que no es como lo recuerdo.
Uno de los momentos más románticos fue el crucero nocturno a lo largo del Danubio, bebiendo champán, escuchando Danubio Azul de Strauss de fondo. A un lado, Buda iluminado con miles de ventanas de gente que se dispone a ir a dormir; al otro lado Pest, con los edificios a oscuras, los bulevares llenos de oficinas y próximos a la magnificencia del Parlamento.
Recuerdo los restos del comunismo, el sabor amargo de un país que ha pertenecido a la órbita rusa y que, por aquel entonces, empezaba a despegar económicamente; el aeropuerto que parecía construido en cartón-piedra, como si fuera el decorado de una película, con un único policía en la salida que ni siquiera te miraba el pasaporte; las idílicas callejuelas que transcurren entre iglesias y sinagogas, pisando el trayecto de miles de tranvías que osábamos no pagar; la tranquilidad de la isla Margarita, en medio del Danubio; asomarse al Puente de las Cadenas y sentir el vértigo recorriendo tu espina dorsal, mientras el aire húmedo del río azota sus mejillas; las conversaciones en los autobuses; la majestuosidad de la Plaza de los Héroes, allí donde rodaban una película histórica que transcurría varios siglos atrás; el Bastión de los Pescadores, en lo alto, desde donde se veía la cinta plateada de aquel río que en tantos libros de Historia estudiamos; los bailes húngaros, cargados de una belleza tal que cortaba la respiración, en un restaurante típico donde cenábamos carne asada, con esos redondeles de pan que parecían haber salido de un barreño de agua, todo rebañado con salsa paprika...
Es inolvidable. Me gustaría volver a visitar todo aquello.
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