
Ya se nota que la gente ha vuelto a sus hogares, ya se nota a la hora de ir por la calle, en cualquier mostrador donde no tienes que esperar una larga fila para pedir algo, en los huecos libres para elegir a la hora de aparcar. Incluso se ve en los rostros de la gente, caras alargadas, cenicientas, descafeinadas; no existe esa alegría de la vida ociosa que brindan las vacaciones.
Vuelves a encontrarte con la misma gente, abordan las mismas conversaciones de hace dos meses, comenzando con un: "¿Qué tal las vacaciones?".
Yo sólo lo noto en el horario normal que ha regresado con el mes de septiembre. Ya no tengo tardes libres y tampoco tengo que levantarme ningún día a las seis. Esto me gustaba en verano, pero ahora... levantarse con tal oscuridad, cuando aún queda una hora larga para que amanezca, ya no apetece. Sigo levantándome de noche, pero a la hora que salgo de casa cada mañana ya ha aclarado.
También noto el incremento de trabajo. Aunque en agosto siempre faltaba alguna de mis compañeras por vacaciones y siempre tenías algo que hacer al no estar una de ellas, ahora es diferente. Se multiplican las reuniones, incontables y en fines de semana. Sólo sé que al menos a una de ellas voy a faltar porque esa noche tengo previsto dormir en Madrid.
Los días son más cortos. No se puede hacer la vista gorda. Yo sé que hoy subiré de noche a casa...
Tengo correo pendiente de leer. No sé cuándo tendré tiempo; los emails se irán acumulando, como si lo viera.
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