
Hay veces que te preguntas sobre ciertos sentimientos que quizás no tienen razón de ser o simplemente que no deberían haber nacido jamás. Son como una hoguera recién encendida, a la que hay que alentar para que no se apague. Si no, no estarían ahí.
Me pregunto por qué estoy alimentando la llama de una vela que me lleva a hacerme tantas preguntas. La mayor parte del tiempo es un acto inconsciente. Pero también es cierto que si obligo a mi cabeza a apagar la llama lo va a terminar haciendo. Dejaría de darle tantas vueltas al coco, incluso sentiría punzadas en el corazón, al menos los primeros días. Pero me sumergiría en una oscuridad omnipresente.
No estoy segura de querer esto último. Si la vela se tiene que consumir y, con ella, apagarse la llama que aliento en cada jornada... simplemente ocurrirá sin que yo ponga mi granito de arena.
El problema de esta vela es que no me da la luz que necesito, que me siento un poco perdida, un poco a la deriva. No se puede luchar por algo cuando no sabes exactamente por lo que estás luchando. Se pueden alimentar sentimientos eternamente, pero se necesita algo más que eso, si no la llama se termina envileciendo y acaba sumiéndonos en una oscuridad recalcitrante.
A veces me pregunto cuánto durará la luz de esa vela...
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