Esta mañana he pasado por un lugar que me ha traído recuerdos de la infancia. Sólo he tenido que mirar para arriba y fijar mi mirada en una terraza y en un piso cercano.
Son curiosos los recuerdos que guardamos de la infancia. Yo me acuerdo de aquel piso, de una pared azul y de ver las Barriguitas caer por la ventana. Y, por supuesto, me acuerdo del inmueble y de que una vez yo viví allí.
Apenas me acuerdo pues viví en Santo Domingo hasta los cuatro años, pero inconscientemente, a medida que han ido pasando los años, el portal y la terraza que una vez formaron parte de mi vida entraban en mi campo de visión, por eso nunca olvidé que yo viví allí. Nada ha cambiado desde entonces. El edificio sigue igual que hace más de veinte años. Sólo han cambiado sus moradores.
De pequeña había cerca dos casas que me producían pánico. Eran las casas de los horrores. Aún hoy se conserva una de ellas, cerrada a cal y canto, con la verja desvencijada y las persianas echadas, rodeada de maleza que ha ido creciendo con el paso de los años... y pese a todo está bien conservada (pese a la cantidad de años que debe rondar la casa). Así la recuerdo yo: digna de las mejores películas de Amenábar.
Cada vez que pase por ahí me acordaré de las mismas paredes azules, de la estrechez de la terraza y de que tiraba las Barriguitas a la calle. Apenas tengo recuerdos de cómo estaba distribuido el piso, pero visto desde fuera me da la sensación de pequeñez, claro que entonces yo también era diminuta y todo me parecía muy grande.
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