domingo, septiembre 13, 2009

El librero de la Rúa

Cada día coge su bicicleta verde, de ésas que tienen el manillar que parece un arco gracias a la curvatura del mismo, de esas viejas bicicletas que ya no se fabrican, y la apoya contra la pared del pasaje que linda con su tienda. Se detiene a mirar durante unos minutos los escaparates plagados de libros por si tuviera que cambiar algún ejemplar que considere fuera de lugar. Después entra en la tienda a esperar que algún estudiante venga a por algo más que libros obligados.

Durante años he visitado esa librería, una de mis favoritas de Salamanca. Es una librería pequeña y algo sombría que se encuentra en la Rúa, en pleno centro estratégico y monumental de la ciudad. No era tanto la variedad o la sobriedad que emula a las librerías de posguerra como la cultura del hombre que está detrás del mostrador. Con él llegué a trazar una honda amistad, aunque siempre hablábamos de libros.
Parece que aún puedo entrar con la imaginación en aquella librería teñida de claroscuros y tocar los lomos de los libros de idiomas apilados junto a la puerta, pasar un dedo por los últimos best-sellers y pasar horas infinitas sumergida en un mundo mágico, a veces interrumpido por las palabras sabias del librero o sus razonadas recomendaciones. Es que él leía sus libros. Allí compré mi primer ejemplar de El conde de Montecristo, uno de mis libros favoritos, por nombrar uno de entre una vasta cantidad de ejemplares de todos los tipos y temáticas que adquirí allí.
Aquí no he encontrado algo así, la magia de una librería como ésa, un lugar donde los libros son los únicos protagonistas, cuyas historias se quedaban flotando en el aire y las eruditas connotaciones de aquel hombre que tanto disfrutaba de la conversación.
Esa magia de las nostálgicas librerías donde se goza de la condición de lector hace mucho tiempo que se ha perdido. Es difícil entrar en un sitio donde no intenten meterte los best-sellers por los ojos, a pesar de que ya sepas lo que quieres. El viejo librero ya ha dejado de existir, pues ahora son vendedores que buscan el beneficio económico, despreocupándose del lector que en realidad busca el beneficio cultural. Yo encontré a uno de esos viejos libreros y quedó entre las sombras del pasado.

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