
Mañana tengo reunión en una aldea de Ezcaray. He visto fotos de ese lugar idílico. Las casas son de piedra, están rodeadas de montañas y tengo la ligera impresión de que allí arriba hace mucho frío.
Tengo que madrugar, aunque después de las últimas horas se me ha concedido carta blanca para ir con el tiempo justo. Es decir, que a las nueve aún seguiré en cama.
Me gusta muchísimo la montaña. Cuando estábamos en Marianistas me apuntaba a todas las acampadas. La primera fue la peor, en el sentido de que no estaba acostumbrada a aquellos hábitos: levantarse con el sol, tomar un cola-cao frío junto a los muros de Valvanera, subir al San Lorenzo con medio metro de nieve, hacer vivac en la ladera del Aneto, que se te eche la niebla en la Laguna Negra y no veas nada a dos palmos de tus narices... ¡Y tantas que no recuerdo!
Si algo echo de menos de mi colegio son aquellos fines de semana invernales en que nos íbamos a un refugio solitario en medio de la montaña, aislados del mundo real, durmiendo alrededor de un fogón que estaba encendido toda la noche, la pereza de salir del calor del saco cada mañana; aprender a montar una tienda en un camping a un kilómetro de Benasque, las veladas junto al fuego en las noches pirenaicas bajo un cielo estrellado de verano, las relaciones con tanta gente amante de la montaña, respirar ese aire fresco que te llena los pulmones y tocarte los dedos, hinchados después de varias horas monte arriba, para llegar a casa en el clímax del verano y encontrarte con unas marcas tremendas en las piernas de los shorts y los calcetines.
Y, si miro unos años más atrás, recuerdo el extraño sentimiento de estar en el fin del mundo cuando mi padre nos llevó a un lugar intermedio entre Valvanera y Ezcaray, a una altura que quitaba la respiración, donde los ojos no alcanzaban a ver los lejanos y profundos valles, ocultos por la espesa niebla, mientras los montes seguían tocando el cielo a nuestro alrededor. Sentías una grandeza digna de dioses, te podías sentir la dueña del mundo con la tierra y el cielo bajo tus pies. Sí, es una sensación intensa, magnífica, irrepetible.
El olor de la montaña es diferente del que estamos acostumbrados. Mañana me dejaré llevar por las frescas fragancias de añejos árboles en proceso de extinción (debido a los últimos incendios de la zona). Es todo un abanico de aromas, de sensaciones extrañas, como si estuvieras invadiendo un lugar que no te pertenece, hasta que se produce esa conexión con la naturaleza de la que hoy, por desgracia, carecemos, motivados quizás por el frenesí y la aceleración de los tiempos modernos.
En la montaña nuestro espíritu se siente libre.
La montaña tiene algo de magia, un encanto especial. Sobra decir con quién me iría en estos momentos a un refugio de montaña, aislado del mundo moderno, a miles de kilómetros de la civilización, sin ningún aparato eléctrico ni baterías con que cargar otros utensilios de los que podemos carecer (excepto del lavavajillas). Nada, sólo naturaleza pura y dura.
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