
Casi las diez y aún no he ido a casa. Me reservo estos minutos en que tengo ya todo recogido, con el aire fresco de la noche entrando por la ventana abierta para sentir la tranquilidad que brinda la calle a estas horas, apenas sin vehículos, pocas personas caminando...
Hace unos minutos me he asomado al balcón para observar las ventanas iluminadas de varios edificios, me imaginaba a las personas que viven detrás de esas cortinas: viendo la tele, jugando con los niños, cenando, todos en un ambiente privado y familiar oculto al resto de la gente. Es el momento del descanso. No me gusta cotillear pero reconozco que, desde el balcón, me hubiera gustado ver lo que hacían los individuos que viven tras esas cortinas, y lo que hacían los de la ventana de al lado y los de más allá... Simple curiosidad.
Es hora de marchar. En realidad, escribía esto para animarme a salir a la calle y enfrentarme a la oscuridad de la noche. Me da miedo salir ahora y sé que, a medida que empiece a hacer frío, no puedo permitirme volver a casa a estas horas. Ni siquiera tengo motivos para tener pánico. La verdad es que no me gusta ir sola de noche por la calle. Me impulsaré un poco, porque no tengo intención de quedarme a dormir en la oficina.
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