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No me gusta el frío, pero apetecía que lloviera un poco. Después de vivir varios años sin otoño, me he alegrado cuando esta mañana he salido de casa y he visto que había llovido.
La cercanía del invierno entristece, pero a veces se agradece.
Quitas polvo a los abrigos y escoges del zapatero un calzado cerrado, aunque con pinzas, porque desconoces si el tiempo, aún inestable, levantará en unas horas o no.
No me gusta el invierno, es como si se apagara algo que volverá a salir en abril. La trayectoria del año me recuerda, en cierto modo, al ave fénix, que empieza a llamear ahora para resurgir de sus cenizas dentro de medio año.
La verdad es que, a pesar de todo, tengo la ventana abierta. El aire huele a frescura en estos momentos.
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