
La almohada es un cofre de secretos. Si la mía hablara me ruborizaría. Ella es la que guarda por las noches los sueños que no cuento, las ilusiones que jamás se destruyen, las esperanzas que están en vilo, los pensamientos latentes, incluso las imágenes que no quiero olvidar.
Hoy me ha contado al oído que he soñado, que he tenido un sueño de una belleza insólita, y era así porque aparecía él. Es difícil que un sueño donde esté él no se vea inundado de belleza, delicadeza y dulzura. Pero sigue siendo un sueño, sin más.
He soñado que estaba dormida, con el rostro hacia la ventana, y que entonces llegaba él, se metía bajo las sábanas y se adhería a mi espalda, con sus manos frías recorriendo la piel de mi estómago y sus pies helados subiendo por mis piernas. Un escalofrío. Y ese contacto entre el calor y el frío me despertaba para darme la vuelta y mirar sus ojos brillantes en la oscuridad, besarle en esa especie de duermevela que aún era dueño de mí, y...
Lo que viene después me lo guarda la almohada bajo llave.
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