
Las expectativas para marzo son buenas, aunque el mes haya empezado lluvioso. Parece mentira que el sol primaveral de que disfrutábamos los últimos días se haya ocultado y haya empezado a llover monótonamente. Aunque no me gusta que llueva, reconozco que he sentido cierto regocijo, como si me apeteciera realmente.
Con marzo acaban ciertas cosas; finalizan mis seis meses en el infierno. La última semana ya podré beber alcohol y, sobre todo, ir de cañitas y no cambiarlas por un mosto. También acaba el invierno, aunque ya se notan los días más largos al atardecer y el diluvio de gente por todas las calles. Y, por fin, termina mi multa de la Biblioteca de las Conchas (creo que a mediados de mes ya podré de nuevo volver a sacar libros).
Llegan otras que prefiero no contar por aquí. El diez es el cumpleaños de F., pero el orgullo no me deja llamarle. Sé cómo terminaría la conversación: "Mira que nacer el mismo día que el terrorista más buscado del mundo..." y su mosqueo momentáneo. Además, no tengo que pasar por los momentos previos de nervios y ansiedad siempre que tengo que hablar con él. Siempre me llevo el peso de la conversación, aunque a veces a él también le tiembla la voz.
Empieza marzo, bienvenido sea. Bienvenida sea también esta lluvia constante.
El calendario de Caja Duero dedicado a Ciudades Patrimonio de la Humanidad muestra Salamanca con la gente portando paraguas y con una fachada libre de turistas.
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