sábado, marzo 21, 2009

Días gafes

Sales a la calle, con botas forradas y chaqueta de entretiempo. El calor te agota aunque sólo camines durante diez minutos por Gran Vía e intentes buscar la frescura de los soportales de piedra. Después de dormir dos horas, sólo deseas un buen colchón donde dar descanso a tus abotargados músculos.
En el Registro, después de mucho tiempo sin pasar por control, el guardia me ha pedido el bolso. Los ascensores estaban locos. Ni sabía si bajaban o subían. Llego al tercer piso y los registradores no están. Mi cara no es desconocida allí y Santos, que tendrá unos dos años más que yo, se presta solícito a hacer unas funciones que no son las suyas. Ya le había visto otras veces, incluso le había observado aburrido numerando impresos, revistas y boes. Su nerviosismo se ha visto incrementado cuando le he enseñado un manuscrito con ilustraciones de mi puño y letra: "Y bien, ¿tengo que firmar los dibujos?". Como era de esperar, él no tenía ni idea. Empieza a poner las horas y yo, alentándole a que agilizara: "Saca el impreso del banco y seguro que cuando vuelva ya habrán regresado los registradores". Me da un pilot para escribir y yo: "¿Marcará, verdad, marcará?". Iba tan lento que he tenido que urgirle a que se diera vidilla.
Al menos en el banco no había mucha gente. Al regresar, los dos registradores habían vuelto y yo ya pensaba que me tocaría esperar, pues había gente. Pero como lo mío estaba hecho, Ángel me ha llamado y le he explicado lo de los dibujos. Enseguida me ha sacado bolígrafo para firmar en huecos en blanco sobre la misma imagen. Allí una se siente como en casa. Como no había nadie más, me he sentado y le he explicado (Ángel es un amante de La Rioja) que me voy una temporada a casa.
Al salir he ido a Ibercaja. Supuestamente me habían mandado una tarjeta de crédito desde mi sucursal en La Rioja, pero allí dos tías diciéndome que no había llegado. Me he puesto de mala hostia. Han hecho dos llamadas, la tarjeta no está en Salamanca y en mi pueblo el cajero tiene gente y ha de buscarla. He terminado diciendo que si se ha extraviado que la cancelen. Me da que mi cuenta va a durar poco en este banco.
La cuestión es que yo creo que la tarjeta estaba en Salamanca (hace un tiempo me mandaron otra y me aseguraron que no había llegado, hablaron con mi cajero y, después de un rato, la tarjeta apareció). Hace quince días que se marchó el cajero y sé que me la envió entonces, incluso me llamó mi madre estando en la caja para decírmelo. El caso es que terminaré cancelando, porque si no la uso no la quiero (si no fuera gratis no la tendría).
Negra, bajo un sol veraniego desestimulante, he comenzado a caminar hacia casa. Más bien iba cojeando, porque las botas me han hecho rozaduras. He pasado por una agencia de viajes y estaba hasta arriba de gente. La una y mucha fila en todos los sitios. Mañana iré a las nueve, que seguro que no tengo que esperar, sabiendo lo "madrugadores" que son los salmantinos.
Finalmente me he pasado por una farmacia y me dice la chica: "Me tengo que quedar con la receta". Y yo: "Vale, no la necesito. De hecho, acabo el tratamiento la próxima semana, pero sino no podría dejártela". No ha tardado ni dos segundos en teclear el número de colegiado del médico en el ordenador.
Dos portales después de mi casa tenía que comprar el pan, pero no podía ni caminar, así que finalmente me he puesto deportivas y he ido a comprar el pan, no sin antes pasar por la peluquería para que me den cita para mañana. Sólo me queda coger el billete y ordenar mi casa, planchar, hacer la maleta y elegir todo aquello que voy a necesitar y lo que no.
Ha sido un día gafe, sí. Me quema lo de Ibercaja y que todas las agencias de viajes estén llenas de gente que planea viajes en Semana Santa (para que luego digan que hay crisis), por lo que no he podido sacar un triste billete de tren.
Finalmente he hablado con Alberto, que era su cumpleaños. Y, por supuesto, nos hemos liado a rajar sin parar.

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