
Junto a mi portal hay una peluquería Kenzo. La primera vez que fui tenía unas greñas de las que sobresalían tirabuzones larguísimos. Cuatro pares de manos pasaron por mi cabello mientras los rizos caían insalvables al suelo. Recuerdo que la conversación de las peluqueras era: "¿Cómo es posible que en tres años no hayas pisado una peluquería?". Lo cierto es que siempre lo dejaba pasar y yo no tengo maña para cortarme el pelo, excepto cuando en agosto me corté el flequillo.
Porque antes de ir a casa me di cuenta que quería flequillo, así que la víspera de coger el tren, con las tijeras frente al espejo me dejé, después de muchos años, flequillo. Varios meses después, en diciembre, comprendí que debería arreglármelo una experta, así que volví a la peluquería.
Creo que me tienen de ratón de laboratorio, porque siempre me hacen algo nuevo. Aquella vez la peluquera me arregló el flequillo, de hecho me cortó mucho más, que yo, por miedo, no me había atrevido a hacer. Hoy me han sacado las puntas hacia fuera.
Lo cierto es que intento no dejar pasar mucho tiempo. Si no tuviera una peluquería debajo de casa...
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