
Era febrero de 2004 cuando mi tío sonreía ante la perspectiva de un largo viaje a Cuba. Mi tío no llegó nunca a realizar aquel viaje que tanto ansiaba. Ese mes andaba preocupado por algo que le costó confesar. Durante unas semanas se lo tragó todo para sí y, después, confesó la cruda realidad: le habían salido unos ganglios en el cuello que no predecían nada bueno.
Mi tío falleció en septiembre de 2007. Para mí fue una pérdida que nunca creo que llegue a asimilar. No le vi apagarse en los últimos días de su vida y, ahora, cuando voy a su casa, siempre clavo los ojos en el sofá donde le vi por última vez. Evito visitar su casa. Para mí, su presencia aún es muy palpable y dolorosa.
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