viernes, marzo 06, 2009

Pequeñas historias

Ayer me dio la sensación de haber regresado de nuevo al aparatoso y gélido mes de diciembre. El sol entre nubes que se asomaba en el cielo inducía a engaño, así que al salir una fría ráfaga de viento te azotaba en la cara y te sentías morir.
Sin embargo, no volví a casa para ponerme encima más ropa de abrigo, sino que aguanté estoicamente aunque sentía que el frío latigaba mis huesos.
En el cajero me pasó una cosa curiosa. La máquina tardaba algo más de lo habitual en expedir el dinero. Y cuando los cogí y conté, y me sentí furiosa por el fajo de billetes de diez que tenía en las manos. No hablamos de una cantidad pequeña, sino del pago del alquiler del piso del mes de marzo, además de la luz de los últimos meses. Miré a través de las cristaleras y sólo había dos personas en la fila, así que entré. El banquero, un muchacho jovencísimo que me recordó sistemáticamente a un primo, comprendió que yo no quisiera llevar tanto bulto en el bolso y me los cambió por billetes de cincuenta. Lo que no comprendo es cómo no ponen más cajeros en la Rúa, que ése, cuando no funciona, hace cosas raras. Tendría muchas anécdotas que contar. Incluso una vez tuve que llamar porque decía que me había dado el dinero y no salió nada. En fin de semana y en época de excursiones (que empieza ahora) es mejor pisar sobre seguro y caminar un poco más hasta los cajeros de la Plaza, aunque haya que esperar fila para sacar dinero.
En estos momentos me siento desbordada de sentimientos contradictorios. Prefiero no seguir. Y, para colmo, tengo los ojos llorosos, no sé si debido a una alergia pre-primaveral o a que estoy incubando virus gripales. He vuelto a la leche con miel antes de dormir.

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