
El lunes estuve en Correos a mediodía. Es, junto con las primeras horas de la mañana, un momento tranquilo donde apenas tienes que esperar. Había solamente dos ventanillas abiertas, así que me senté durante unos minutos y me dispuse a observar a las pocas personas que esperaban su turno.
De pie, a mi izquierda, había una mujer de unos cuarenta y cinco años, con abrigo de buena talla y gafas modernas de pasta coloreada. Parecía estar fuera de lugar. Volvió su rostro hacia mí y entonces reconocí esa cara. Pero ¿de qué? En sus ojos no hubo, por el contrario, signos de que me conociera.
Hasta que mi número salió en los paneles luminosos estuve pensando, desechando lugares y pensando en tiendas. Y entonces caí: Aquella mujer era una de las secretarias de la Facultad de Filología.
Entonces recordé otra vez hace varios años en que me pasó algo parecido, pero entonces estaba con Bianca. Las dos caminábamos por la calle y, de repente, un hombre joven, fuerte, risueño y con el pelo muy corto nos saludó y nosotras respondimos al saludo. Durante toda la tarde, las dos estuvimos pensando: "¿De qué le conocemos?". No caímos. Varios días después fuimos a una fotocopiadora donde éramos asiduas y allí estaba. Era el dueño y, como nos había visto acudir en numerosas ocasiones, a él también le sonaban nuestras caras.
No hay comentarios:
Publicar un comentario