martes, marzo 03, 2009

Sigüenza, ciudad medieval

Junto al curso del Henares, en plenas tierras de Don Quijote, se ubica magistral la villa de Sigüenza. Conocí la ciudad en una visita a mi hermano, que entonces hacía un 'curso de verano' en un célebre colegio que no tenía muy buena fama entre los lugareños, sobre todo porque la ciudad (donde todos se conocían) se veía invadida por tribus urbanas llegadas desde la cercana capital donde los curas se dedicaban a meter en cintura a aquellos adolescentes rebeldes. Así que el colegio, dirigido por unos curas severos y que no dudaban en alzar la mano en caso necesario, alojaba en su interior desde cabezas rapadas hasta los más acérrimos defensores de la anarquía. Ni que decir tiene que mi hermano no pertenecía a ninguno de estos grupos.
Lo que llama la atención de esta pequeña ciudad es su trazado medieval, donde todas las calles empedradas llevan una única dirección: el Castillo, situado en lo alto de una colina y, en la actualidad, Parador Nacional. Sin embargo, lo más famoso de la ciudad se encuentra alojado en el interior de la catedral, que si bien por fuera no llama mucho la atención, por dentro la escultura de alabastro del Doncel atrae a propios y extraños que la contemplan con asombro. Lo magnífico de esta figura es que no se sabe quién fue el escultor. Don Martín Vázquez de Arce, la identidad del que ha sido inmortalizado entre las piedras sillares de aquel magnífico lugar, fue muerto por los moros en el siglo XV, a la tierna edad de 26 años. 
El caballero medita con un libro entre las manos, con la mirada perdida que reflexiona sobre lo que acaba de leer. En el pecho resalta la cruz de los Caballeros de la Orden de Santiago. A sus pies, sobre una celada metálica un pajecillo le mira y llora. El Doncel de Sigüenza se considera la representación máxima de la cultura medieval: el uso de las armas para defender la fe, la lectura para alcanzar la sabiduría, la mirada perdida en el más allá donde se aloja su alma.

2 comentarios:

J.R.Infante dijo...

Muy interesante tu post. No conozco Sigüenza, pero si parte de la historia del Doncel, que tan bien retratas.
En respuesta a tu último comentario en mi blog, te diré que no está mal la idea de esa biblioteca virtual que has configurado y ¡mira por donde! por allí estaban mis ojos, que todo lo que suene a literatura, lo escudriñan. Bublegum es un espacio distinto, donde los que habitualmente andamos por allí nos conocemos y nos contamos cosas los unos a los otros como si estuviésemos en familia. Eso sí cada cual se lo tiene montado a su manera y escribe sobre lo que le apetece, pero hay comunicación, que es lo que yo hecho en falta en otros sitios.
En mi opinión, un escritor nace, pero también se hace: se pueden tener buenas maneras, pero no hay generación espontánea, todos tenemos un proceso de aprendizaje que alcanza unas metas u otras dependiendo de cada cual y que en efecto a mucha gente le gusta escribir, pero el camino hasta la profesionalización es tan largo que la mayoría se quedan sin llegar a la meta.No obstante, hay que intentarlo porque siempre quedará el gustazo de no dejar pasar la oportunidad de dedicarse a la escritura. Hay mucho que aprender y es imprescindible estar abierto a todas las críticas para poder progresar en el trabajo que nos hayamos impuesto.
Es mi opinión, espero qeu te venga bien.
Un beso

K dijo...

No creo que entre mucho en bublegum, sólo para actualizar las listas (pero no de uno en uno, sino cuando hayan pasado varios meses). Para contar cosas ya tengo este blog.
Hace mucho que estuve en Sigüenza. He tenido que comprobar algunos datos. Es una ciudad preciosa, aunque creo que mi hermano no tiene el mismo aprecio por sus piedras. Creo que no ha vuelto desde que acabó; me suena que hizo cenas con ex compañeros, pero creo que las celebraron en Madrid.
Respecto a lo otro, soy receptiva a todo tipo de opiniones y críticas. La gente de mi alrededor no comprende que los halagos no ayudan a crecer y mejorar; lo he comprobado con aquellos a los que regalé el relato publicado. Así que si hay una próxima vez (cruzaré los dedos para que así sea) sólo pensaré en personas verdaderamente críticas.
Otro día tengo que hablar de los pedantes, los que se creen que escriben bien y en la primera página te encuentras con errores de todo tipo y preguntas: "¿En serio has presentado esto a un concurso? ¿No te da vergüenza?". Porque está claro que alguien que aspire a escribir no puede permitirse errores de ortografía, gramática o redacción (siempre conjugados con una buena idea que crea un genial argumento). Y estas personas salen por debajo de las piedras, seguro que conoces a unos cuantos ¿o me equivoco?
Además yo suelo callarme mucho porque sé que podría herirles el amor propio, pero luego pienso que a mí me gustaría que me dijeran si es blanco o negro. Así que finalmente termino siendo bastante franca. La suerte que tengo es que ese hermano que estudió en Sigüenza tiene un magnífico ojo crítico y no sólo me impulsa sino que es sincero y me dice lo que piensa, esté bien o mal, le guste o no. Ojalá tuviera diez alrededor como mi hermano :(