
Se ha visto en este relato una expresión de las obsesiones sádicas de Poe. La admirable concisión del relato, su fraseo breve y nervioso, le dan un valor oral, de confesión escuchada, que lo hace inolvidable.
La forma en que estalla en protagonista, a través de la audición, lo convierte en algo sublime.
Un hombre confiesa haber matado al viejo porque odiaba su ojo de buitre. Así que todas las noches se acercaba sigilosamente a su cuarto y metía la cabeza en la oscuridad mientras observaba cómo dormía. Pero una noche el viejo se despertó y el hombre que le espiaba escuchó los fuertes latidos de su corazón. Era miedo. Aprovechó la oportunidad para matarle y después lo descuartizó y escondió las partes bajo las tablas del cuarto. Nada grave parecía que hubiera ocurrido allí.
En la madrugada, unos golpes sonaron en la puerta. Eran tres oficiales de la policía, que habían sido avisados por un vecino que había escuchado un fuerte alarido. Registraron la casa y ante la tranquilidad del asesino, que alegó que el viejo no estaba, se sentaron a charlar en el dormitorio bajo cuyas tablas estaba el cadáver descuartizado. Al principio, la conversación siguió animosa. Pero el asesino comenzó a escuchar en sus oídos los fuertes latidos del corazón del viejo. Comprendió que los otros estaban fingiendo y, al final, con ese ruido insoportable en sus oídos, confiesa su crimen.
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