
Salamanca empieza a mostrar un aire pre-primaveral que alienta a salir en busca de granizados y horchatas a las prematuras terrazas de las cafeterías del centro.
Esta semana he quitado la calefacción de manera definitiva porque, aunque algún día salga más frío, ya no es esa gelidez invernal.
El aire es más cálido y ya es posible ir en manga corta por la calle. Adoro estos días azules que pronostican una cercana primavera.
Ayer conocí a un vecino nuevo. Aunque en el buzón pone "Gloria", parece ser que ésta no vive ya aquí. Lo sé porque el año pasado el dálmata de su novio resultó bastante molesto en numerosas ocasiones y hace meses que no se escucha al perro.
A eso de las diez sonó el timbre. No esperaba a nadie, aunque R. se suele pasar algún que otro viernes. Enfoqué mi ojo en la mirilla y vi a un solitario joven que no había visto en mi vida. Camiseta roja sin dibujos ni logos de ningún tipo, vaqueros desgastados, perilla cuidada.
-Soy el vecino de arriba, ¿no tendrás un sacacorchos?
Lo cierto es que ya hace unas semanas, cuando R. trajo vino y no pudimos beberlo, pensé en que tenía que comprar uno, pero se me había pasado.
Después de intercambiar varias frases con él miré mis pintas: pantalón corto de dormir a ras del culo y una chaqueta para resguardarme de la posible frialdad de una casa donde no hay ningún aparato de calor en funcionamiento. Igual hubiera dado si hubiera salido en bragas, porque en ese momento me sentí 'desnuda'.
Yo pensaba que esto sólo pasaba en las películas.
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