viernes, marzo 20, 2009

Si la perfección tuviera un nombre...

A veces, en la vida el azar nos lleva por senderos desconocidos hasta rincones inexplorados donde coincidimos con nuevas personas que dejan una profunda huella en nuestro dañado caparazón. Tan profunda como que nos resulta imposible desatar las ligaduras que nos aferran a esos rincones ocultos. Tan ocultos que sólo la casualidad de aquel momento nos hizo entrar en un mundo inusual al de costumbre.

Hace tres años, llegué a un sitio novedoso para mí. Jamás me hubiera imaginado inmersa en mundos que ni siquiera sabía que existieran. A pesar de ser ajena al tema, recibí una cálida bienvenida. Allí aprendí muchas cosas nuevas, demasiadas para describirlas en unas pocas líneas. Y allí estaba ÉL. Podría esbozar múltiples perfiles de este personaje y no me distanciaría mucho de la realidad, pero sólo diré que creó en mí una atracción tan intensa que, hoy, varios años después, resurge cual ave fénix entre las cenizas, y que sigo sin poder controlar. Ni que decir tiene que ahí comenzó el caos. A veces creo, inconscientemente, alrededor de mí tal destrucción que es imposible volver a reconstruirlo todo. Sé lo arpía que puedo ser si me lo propongo, pero yo a ÉL le quería bien. El problema fue que, al primer acercamiento por mi parte, ÉL me rehuyó. Que conste que la atracción tenía unos límites y que, por tanto, yo sólo podía ganármelo con palabras, gustos afines, literatura, música y cine. Y con el buen estar. Porque aún no he conocido a nadie que me aventaje en literatura, excepto ÉL. Entonces me fastidiaba algo, pero la curiosidad hacia ÉL se incrementaba día a día. A medida que yo intentaba un acercamiento, ÉL me evitaba. Así que busqué artimañas de todo tipo para llamar su atención. Y como soy consciente del poder (benigno o malvado) que pueden tener las palabras, sólo se me ocurrió vacilarle de una manera burda y cruel. Creo que jamás he desprendido tanta crueldad, tanto placer sexual y tanta perversidad con unas pocas palabras... sólo llevada por el motivo de llamar su atención. ÉL se enfadó, es obvio. Si a mí me dijera alguien todo lo que yo le dije a ÉL en su momento me cabrearía muchísimo. Sin embargo, hizo alarde de una enorme paciencia. Cuando todo se había estabilizado, cuando ÉL hablaba conmigo, después de todo, pero midiendo siempre lo que decía y yo suavizaba mis respuestas (de hecho me encantaba –y encanta- mantener largas conversaciones con él), yo desaparecí de una manera radical.
Desde entonces han pasado tres años. En este tiempo he pensado a veces en ÉL, en lo malvada que fui con alguien que no se lo merecía. Y en octubre, movida por un impulso de expiación, impulsada por que los hilos no quedaran a medio tejer, por arreglar todos aquellos malentendidos con ÉL, por firmar una paz duradera... regresé, le busqué.
Ese aura de tristeza que le convierte en alguien angelical, su bondad exacerbada, su cultura extrema, los gustos parejos... volvieron a hacer que mis sentidos se tambalearan de nuevo. Al principio fue todo bien. Éramos las mismas personas, pero las actitudes eran diferentes. Yo, en toda mi cordialidad y simpatía, evitaba los comentarios de antaño, cualquier mención que supiera hiriente. Y me he dado cuenta de que ÉL es como una droga que me ha llevado a la adicción. Si la perfección tuviera un nombre sería ÉL. Al llegar aquí cualquiera puede pensar que le amo con locura, pero no es amor, sino una atracción superior a la de hace tres años, una atracción que puede conmigo y me desubica. Es más serio, más maduro, es más perfecto, más seguro y sigue enfadándose por las mismas cosas que entonces. Pero ahora también sabe cuál es la mejor respuesta a mis palabras picantes. Estoy segura de que le quiero muchísimo, porque es una persona a la que sólo se le puede querer. No cabe el odio con ÉL. Es imposible no admirarle.
Poco a poco volví a decirle ‘perlitas’ como las de antaño, más sutiles y no tan exageradas, pero le di motivos de enfado. A pesar de que le he pedido perdón, ÉL ha optado por ignorarme. A pesar de que le conté todo lo que me impulsaba a decirle todo lo que le decía, ÉL no me respondió. A pesar de que le dije lo mucho que me dolería que me dejara de hablar, ÉL lleva varios días sin hablarme. Y eso es justamente lo que más temía, lo que más duele. Quizás no sabe las lágrimas que he derramado últimamente por impotencia, por su ausencia de respuesta. Entonces yo me pregunto: ¿por qué me afecta tanto? Me atrae, sí, pero ¿por qué no puedo soportar que me niegue la palabra? ¿Por qué llega un determinado momento en que necesito sacarlo todo fuera? ¿Y por qué sigo buscándole aunque no diga nada, intentando coincidir con él a pesar del dolor? 
A veces creo que, si estuviera tan saturada como hace tres años, sería capaz de dar la espalda fácilmente. Sin embargo, me resulta costoso, me cuesta marcharme dejando un descosido aquí, sabiendo que podría regresar en unos años y que volvería a repetirse la misma historia, y que ÉL seguirá causando esta terrible atracción devastadora en mí. Y lo peor de todo es que, aunque me lo proponga, no puedo controlarla.

1 comentario:

SAQ_BALAM dijo...

"El olvido es la única venganza y el único perdón." Jorge Luis Borges.

A riesgo de tocar con las manos sucias un ídolo de oro, el desborde de palabras que caen de tu corazón rebosante de sentimiento, me obligan a decir algo.

Sabes bien que no soy dado a hacer comentarios que no tienen ningún aporte, así que te comentaré algo que escuché en una clase de filosofía.

Jacques Lacan dijo: "El enamoramiento es dar lo que no se tiene a quien no es." Aunque la explicación del tema es extremadamente compleja desde un punto de vista psicológico, en esa ocasión nos dieron una versión más accesible.

"...dar lo que no se tiene", lo que no se tiene es, como tu misma lo dijiste, amor, porque el amor nace de la correspondencia del sentimiento y del compromiso de dos; de dar y recibir en una misma medida. En el enamoramiento se proyectan nuestros más secretos deseos, nuestra disposición, nuestra voluntad. Pero no amor.

"...a quien no es." Si no hay amor como dijimos anteriormente, en consecuencia, no hay un compromiso ni conocimiento real de la persona y nos limitamos a contemplar la imágen que nos hemos formado de ella: el ídolo.

Es este ídolo lo que contemplamos en el pedestal de oro, indignos de él, postrados en adoración y que como la droga que decías, nos hacemos adictos a la construcción que nosotros mismos hemos forjado, como Pigmaleón.

Superarlo es, como todo en la vida, un ejercicio de voluntad.

El primer paso para superarlo es entender la naturaleza de lo que se siente de una forma sistemática y racional. Luego, responder a la pregunta: ¿Deseas abandonar al ídolo? Si la respuesta es sí, entonces no queda más que comprometer la voluntad en ello: tener el valor de destruir el altar y condenarlo olvido.