No soporto la pedantería ni la arrogancia cuando está fuera de lugar (generalmente, casi siempre). Creo que la humildad es una virtud que, hoy en día, poseen muy pocas personas.
Contaré una anécdota de un conocido cuyo nombre mantendré en incógnito. Equix es una persona que me exacerba en numerosas ocasiones. Habla mucho y hace poco. Cuando le dije que me estaba presentando a certámenes literarios, Equix decidió que no iba a ser menos. Y empezó a enviar un texto a concursos. Hace un tiempo me llamó y me dijo: "He ganado un certamen". Me dio una página web y comprobé que no había ganado, sino que era finalista, que no está nada mal. Pero ganar requiere quedar el primero. Que te publiquen algo y que tu texto sea elegido entre los diez o catorce finalistas que conformarán un libro es un mérito momentáneo, y en ese instante te levanta la moral.
Tuve oportunidad de leer el texto y me encontré con una especie de bosquejo que no estaba bien enfocado, tenía una mala presentación, con errores en todos los aspectos y recuerdo que me guardé muy bien lo que pensaba de un argumento tan difícil de encontrar que me sorprendió. Después de eso, Equix dijo: "Ya soy escritor".
Cuando le hice ver una de sus muchas faltas ortográficas graves, me respondió que ya sabía cómo se escribía. Recurrí pues a una metáfora: la del conductor: "Mira, puedes saber el significado de todas las señales de tráfico, pero si no sabes arrancar el coche, de poco te sirve conocer lo otro. Con esto quiero decir que si te sabes las reglas ortográficas tendrías que ponerlas en práctica".
Mi opinión respecto a eso es bastante tajante. Considero que un escritor debe demostrar lo que es (y el camino es largo y oneroso) y considero necesario un público que le ponga a prueba. Hoy en día todo el mundo escribe, pero no todos son escritores. Así que creo necesaria la valoración de personas versadas en el tema. Yo... sólo soy una aprendiz de escritora y seguiré absorbiendo conocimientos literarios porque aún me queda mucho por aprender. Y el camino es largo y difícil.
Los arrogantes son otro cantar. Zeta le llamaré esta vez muestra la arrogancia extrema conmigo cada vez que nos cruzamos. He optado por no hacerle caso. Zeta intuyó que sentía algo por él y ni siquiera me lo preguntó. Pero, de la noche a la mañana, sus formas cambiaron. Y yo, que no tengo por qué aguantar a un creído que supone sin saber nada a ciencia cierta, opté por darle la espalda. ¿Qué ocurre cuando no haces caso a alguien? Que termina viniendo él. Lo que ocurre ahora es que le odio un poco. No quiero odiarle, no quiero, pero es inevitable. Recuerdo cuando le saludaba y sentía que se crecía y, en ocasiones, me pegaba un corte inmerecido y no, se ha acabado. El problema es que me he topado con otra persona igual de arrogante. Debo tener un imán.
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