miércoles, marzo 11, 2009

El que susurra en la oscuridad

Yoth-Sothoth
Wilmarth es un catedrático de la Universidad de Miskatonic en Arkham. Había seguido muy de cerca las inundaciones que transcurrieron en Vermont en noviembre de 1927, en donde se decía que habían aparecido ahogados cadáveres de extraños seres. Eso llevó a una polémica que se hizo pública mediante cartas de eruditos en los periódicos. Wilmarth era el más encarecido defensor de que esos cadáveres simplemente estaban hinchados y descompuestos. Fue entonces cuando recibió la carta de Henry Akeley, un estudioso que vivía en una enorme casa de campo a las afueras de Vermont. Akeley le cuenta que esos extraños seres existen realmente, que han venido desde el planeta Yuggoth (Plutón) y adoran a antiquísimos dioses, como Yog-Sothoth y Nyarlathotep. Los primeros que llegaron tienen aspecto fungoso, pero el resto son parecidos a los cangrejos, con tentáculos en la cabeza (se llaman Mi-Go). Akeley se siente acosado por ellos porque grabó sus extrañas conversaciones, algunos humanos le espían por orden de los Mi-Go, encontró una piedra negra llena de grabados incomprensibles y todas las noches les escucha acercarse a su casa, donde al día siguiente se pueden ver las huellas, como pinzas de cangrejo.
A pesar de que todo esto se escapa de la racionalidad humana, Wilmarth le creyó y comenzó entre los dos hombres una relación de correspondencia, en la que el de Arkham recibió algunas pruebas. Akeley, cada vez más asustado, hablaba de irse a vivir con su hijo a California, cuando de repente un día le animó a ir a visitarle a Vermont. La carta tenía un talante contradictorio con el resto y, además, estaba escrita a máquina y le conminaba a que le llevara todas las cartas y pruebas.
Wilmarth decide ir a Vermont, pero es un tal Noyes quien va a recogerle a la estación, alegando que Akeley ha tenido un ataque de asma y no puede moverse. En la casa, Akeley está sentado en una butaca y su voz es apenas un susurro que habla de viajes al espacio exterior, a Yuggoth, a través de la mente. Con una especie de operación quirúrgica, los Mi-Go cogen el cerebro humano, lo meten en un tubo y lo envían a cualquier sitio del espacio. Esos tubos pueden hablar a través de una máquina. A Wilmarth le parece una locura. El olor de la habitación es horrible. El catedrático ya ha decidido marcharse al día siguiente cuando le entra un extraño sopor. Consigue despertar y escucha voces susurrantes en el piso de abajo. Sabe que su amigo Akeley ha abierto las puertas a esos seres que ahora son sus amigos. Escucha su nombre varias veces y, finalmente, cuando cae el silencio, decide explorar. Encuentra a Noyes en una habitación durmiendo, pero en la butaca no encuentra a su amigo Akeley. Lo único que encuentra es su cabeza y sus manos y mira hacia el tubo de la estantería donde pone el nombre de su amigo. Aterrorizado decide huir de allí y al día siguiente pone una denuncia en la policía, pero los guardias no encuentran nada, ni siquiera huele mal. Wilmarth, sin embargo, sabe que los Mi-Go existen y se esconden en las montañas de los alrededores de Vermont, que vigilan a los humanos, y que cada vez son más numerosos.

Mi-Go & Funghi

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