Ya no se ven rayuelas en ningún sitio. Recuerdo que, cuando
era pequeña, era uno de los juegos en los que reincidíamos una y otra vez. En el
momento en que veíamos un trozo de pared en el suelo que podía pintar como si
fuera una tiza, ya estábamos haciendo una rayuela en un trozo de calle por
donde no pasaran coches.
A veces me da la sensación de que salto sobre una rayuela
donde en vez de números hay rosas y espinas. Hoy he debido caer en una casilla
cubierta de espinas y escuecen mucho. Me pregunto si volveré a caer entre los
aterciopelados pétalos de las rosas. Me pregunto si llegaré algún día a la
casilla final, que además se llamaba “cielo”, o si no llegaré nunca hasta allí.
Sería genial tocar ese cielo con las yemas de los dedos, y quedarme allí, lejos
de las rosas y espinas, cerca de un ángel de mirada perfecta.
Si me he acordado de la rayuela, no es precisamente por
aquellas que dibujábamos en el suelo de alguna calle cuando éramos pequeñas,
sino por una novela. La leí de las dos formas que podía leerse, siguiendo los
consejos de Julio Cortázar: primero en la sucesión de capítulos que recomendaba
el autor, lo que requería no leer la novela entera, sino capítulos salteados; y
leerla una segunda vez, empezando por el principio y en orden hasta el final.
Uno de los capítulos que describía Rayuela era la
descripción de un beso. Eso es lo que recordaba esta tarde. Es una magnífica
descripción que me dejó completamente hechizada. Decía Julio Cortázar así:
“Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua”.
Ya no se ven rayuelas por las calles. Así que nos tendremos que conformar con buscarlas en internet o regresar a ese beso que tan sublimemente describió Cortázar en su Rayuela.
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