sábado, diciembre 24, 2011

Un reloj parado

En mi dormitorio tengo un reloj de pared. Dentro de la esfera marca las diez menos cuarto. Hace varias horas que se ha parado.

Se ha parado como se para el tiempo cuando está él. Se ha parado como se para el mundo cuando mis ojos se levantan y se cruzan con esa mirada angelical. Se ha parado como se para todo cuando él está cerca, como se han parado los minutos en este preciso instante en que recuerdo su imagen perfecta e inevitablemente sonrío.

Podría pararse mañana por la tarde si hiciera caso a quien me ha dicho: "Podrías venir mañana antes de cenar". He sentido el rubor en mis mejillas. Pero no creo que vaya. A veces, cuando lo pienso, soy consciente de que son cinco minutos los que me separarían de él. 

Él me dijo una vez que yo no era vergonzosa. Pero lo soy. Hay gente nueva y, por tanto, me retraigo, me encierro en mí misma y no hablo. Creo que él ya me ha visto alguna vez en esa situación, quizás en algún momento en que se haya encontrado con alguien que yo no conocía y me limitaba a observar y no decir ni una palabra. No sé por qué me pasa, pero siempre me ocurre con gente que veo por primera vez, me cuesta mucho hablar, me dedico a observar y sólo responder cuando me preguntan. Es como si un resorte en mí se cerrara en banda. En esas ocasiones me cuesta reconocerme. 

Se ha parado el reloj. Mañana, cuando abra los ojos y mire hacia la pared seguirán siendo las diez menos cuarto y, recién despertada, no recordaré que esta noche ese reloj se había parado. Le pondré pilas antes de marchar de casa.

Un reloj parado no sirve para nada. Serviría si se parara justo en el momento en que aparece ese ángel de mirada perfecta y, a la vez, el mismo reloj parara el tiempo. 

Esta noche no escucharé el dulce tic-tac de las horas, pero seguiré escuchando el golpeteo continuo de los latidos de mi corazón que palpitan por él...

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