martes, diciembre 13, 2011

El final del laberinto

Siempre ha habido cosas que, por su singularidad, ejercían una fuerte atracción en mí. Acabo de leer sobre un laberinto de setos y me he quedado pensando. Habré leído varias veces sobre esos misteriosos jardines laberínticos y nunca he visto uno. Conllevan misterio, nos otorgan esa sensación atronadora de pánico al ser conscientes de que podríamos no encontrar la salida. Yo creo que haría como Ariadna y su hilo maravilloso:

Y así fue como Ariadna le regaló un ovillo para que, una vez en el laberinto, fuera desenrollándolo y pudiera servirle de guía para indicarle el camino de regreso después de haberse enfrentado al minotauro.(Mitología griega: Teseo y Ariadna)

Así como los barcos metidos en una botella o las brújulas o las estrellas cada noche, incluso el océano… siempre son cosas que me han causado en mí una gran atracción. De pequeña me encantaban las brújulas, nunca he entendido por qué marcan el Norte y no otro punto cardinal, pero una vez que las probamos en el bosque llegué a pensar que como la brújula se estropeara iba aviada. Me gustan, porque parece mentira que un objeto tan nimio pueda hacernos sentir tanta confianza.
Respecto a las estrellas y el mar, creo que he escrito muchas veces sobre ello. Son elementos que tienen algo de misterioso y algo de siniestro, son imperecederos, eternos. No sé por qué el mar y las estrellas siempre me llevan a pensar en él. Quizás porque veo el brillo de todas las estrellas en sus ojos, quizás porque esa mirada penetrante suele ser más profunda que el mar. Porque veo muchas cosas perfectas en esos ojos angelicales, pero me resulta imposible bucear más allá de dos metros de profundidad. No me importa, porque eso le da un aire misterioso. Y ese halo misterioso me encanta de él.
Vuelvo al laberinto, a las similitudes que tiene con los días normales, la de veces que tenemos que dar la vuelta, otros momentos en que encontramos atajos, a veces da la sensación de que damos vueltas siempre por el mismo punto y nunca llegamos al final, porque a veces lo importante no es el final sino el camino que se recorre a cada paso.
Es más de la una. Es el momento idóneo para ir a soñar con la profundidad de todos los océanos que hay en su mirada, con los destellos brillantes que todas las estrellas del mundo reflejan en sus ojos.
Hay personas a las que sólo se les puede querer. Me voy a soñar… con él.

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