Hay instantes tan perfectos, únicos, especiales, sublimes… que la memoria guarda cual tesoros, acercándolos al presente desde un lugar remoto, recuerdos tan magníficos que sabemos que se han quedado grabados en nuestra mente y que difícilmente olvidaremos nunca.
Pasarán los años y seguiré recordando de vez en cuando la primera vez que le vi. Seguiré estremeciéndome ante esa mirada como en aquel instante que ocurrió hace casi tres años, cuando mis ojos se cruzaron con esa mirada desconocida y me sentí totalmente hechizada, atraída hasta decir basta. Es una mirada de esas que nunca se olvidan.
Después he sido afortunada de mirar a esos ojos una y otra vez para redescubrir en ellos la magia, para quedarme atrapada en esa profundidad oceánica que contiene todas las cosas bellas del mundo.
Recuerdo su manera de ladear la cabeza y mirar de esa forma tan especial. Y cuando mira así es como si le mirara por primera vez porque cada vez vuelvo a sentirme tan hechizada como el primer día.
Recuerdo su imagen de perfil, moldeada por los haces plateados de la luna, una noche de magia. No recuerdo muy bien la conversación, pero sí su imagen perfecta, adorable.
Recuerdo tantos momentos frente a él, e incluso lo que pensaba en ese momento, lo que anhelaba besarle aquí o allá, lo que deseaba decirle unas palabras al oído.
Le recuerdo cuando mira, cuando sonríe, cuando habla, cuando camina… y me niego a perder cada uno de esos instantes. No quiero olvidar nada de él.
Cuando pienso en él comprendo que la magia existe. O bien sea amor. O las dos cosas.
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