En realidad, tengo ganas de que vaya terminando esta semana, porque hay días que me suena la alarma y no sé si tengo que ir (o no) a trabajar. Si salí la noche anterior, lo más probable es que sea fiesta ese día y pueda seguir durmiendo durante horas.
Si tengo ganas de que termine esta semana es porque con la rutina suelo encontrarme con él a media mañana, suelo sentir la magia de su mirada perfecta, la cercanía de su rostro angelical, suelo escuchar esa voz que consigue estremecerme de veras.
Pero esta semana también ha tenido su magia. Porque si no le he visto cada mañana, sí que me he encontrado con él cada noche de las que he salido. Y en esos momentos es más fácil acercarse a él, aunque se me ha olvidado decirle que está guapo.
Tengo los pies helados, lo que me recuerda que podría ir ya a dormir, no sin antes ponerme unos patucos de lana, o quizás caminar por la parte del parqué por donde pasan los tubos de la calefacción. Lo que tengo claro es que me voy a soñar con él, a abrazarle en sueños, a susurrarle palabras de amor sin quebrar el silencio de la noche.
Tengo los pies helados, lo que me recuerda que podría ir ya a dormir, no sin antes ponerme unos patucos de lana, o quizás caminar por la parte del parqué por donde pasan los tubos de la calefacción. Lo que tengo claro es que me voy a soñar con él, a abrazarle en sueños, a susurrarle palabras de amor sin quebrar el silencio de la noche.
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