lunes, diciembre 26, 2011

Es tan obvio...

Cada día tengo más claro cuán enamorada estoy. De repente estoy riendo como al minuto siguiente algo enmudece dentro de mí y siento unas terribles ganas de llorar, o bien estoy hablando a toda velocidad como de repente me quedo callada, pensando en algo que no tiene nada que ver con lo que decía, a veces llueven recuerdos perfectos y en otras ocasiones echo de menos la magia que él siempre trae consigo, tan pronto me encuentro como enfadada como al momento siguiente estoy suspirando al aire, o bien pienso en llamarle por el simple hecho de escuchar su voz y siento cómo late mi corazón, como de repente recuerdo que no quiero hablar con él.
Estoy segura. Son todo contradicciones. Es una locura. Es el mundo al revés. Es amor, porque por encima de todo pesa que le quiero demasiado, que seguro que si me encuentro mañana con él volveré a quedarme atrapada en su mirada perfecta, que desearé decirle lo guapo que está pero no se lo diré para no provocar al rubor, que anhelaré los cafés dulces, porque no soporto el café amargo. 

Desde este fin de semana llevo en el bolso una figura de madera oscura. Tiene los ojos de jade. Estaba envuelta, pero no me acordaba de cómo era exactamente, así que he apartado el papel de embalaje. He mirado a esos ojos de jade y he pensado que no acabarán siendo cenizas. Al final se la tendré que dar a la persona que se la traje. En la parte de atrás pone su procedencia, un lugar demasiado lejano. He mirado la figura y he sonreído, inevitablemente. Recordaba una de las varias conversaciones que tuve con él al respecto: "Te he traído un tiki", "¿y eso qué es?". 
No sé por qué lo llevo conmigo. Simboliza el origen, la vida, el nacimiento de todo entre las tribus de la Polinesia, en una metáfora parecida a la de la Biblia, donde se dice que Dios creó al hombre del barro. En realidad, quiero dárselo. Se lo traje a él y quiero que le dé suerte a él. 
Siempre queremos lo mejor para las personas a las que queremos.

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