domingo, diciembre 11, 2011

Agridulces tardes dominicales

No me gustan los domingos, no me gusta la ociosidad ni los cafés a media tarde en un bar donde suelo entrar en la ensoñación con relativa facilidad. Para mí un domingo perfecto sería cualquier actividad compartida con un ángel.
Cuando pienso en anoche me estremezco, porque creo que debería haber salido.

Pienso en él y siento un plácido escalofrío que me recorre la espalda. Recuerdo su mirada y pienso que nunca había visto tantas cosas buenas en una única mirada. Miro a sus ojos y veo su nobleza, veo un corazón de oro. Y en ese momento sé que le quiero un poco más que unos minutos antes.

Me gustaría pasar todas las horas de la tarde del domingo con él, escuchando su voz, escuchando sus recuerdos, sus pensamientos, su sabiduría hecha palabra. Pero no puede ser.

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