sábado, mayo 13, 2006

Zaragoza y Galdós

En 1874, Benito Pérez Galdós escribió más de 200 páginas sobre el asedio francés a la ciudad de Zaragoza. Esta obra pertenece a la primera serie de los Episodios Nacionales y narra con detalle el segundo ataque por las tropas napoleónicas a la ciudad maña, al final del cual tuvo que rendirse ante la evidencia y el desastre. Galdós no sólo se dedica a hacer un análisis exhaustivo del segundo sitio, con alusiones a la primera vez que fue sitiada, donde echó a los franceses, sino que hace un examen de las gentes y sus costumbres, explora calles y lugares de interés (lo que nos induce a pensar que el autor conocía al dedillo la ciudad). En medio de este paisaje costumbrista e histórico, Galdós nos muestra la otra cara, la del amor: un Romeo y una Julieta cuyo amor no puede sobrevivir por las circunstancias en las que se da, fatalidades del destino, un amor que se afianza y asienta entre los sonidos de las bayonetas. Para entender esta novela, como cualquiera que pertenezca a los Episodios Nacionales, es necesario volver a principios del siglo XIX, y situarnos en la España de Carlos IV.
El reinado de Carlos IV
Carlos IV sube al poder a la muerte de su padre, Carlos III, en 1788. Rodeado de súbditos como Floridablanca, Aranda y Godoy, comienza a recortar gastos y a tomar medidas para que no se desplome la economía del país, tales como subidas masivas de impuestos que desagradan a la población española. Tras la revolución francesa, los miedos aumentan ante la posible llegada de las tropas napoleónicas a la península ibérica (como así fue). Mientras España pierde el control marítimo frente a Gran Bretaña en la batalla de Trafalgar (1805), Napoleón invade la península.
Después del motín de Aranjuez, Carlos IV abdica en favor de su hijo, Fernando VII, que devuelve la Corona. Napoleón nombra rey a su hermano José I, más comúnmente conocido como "Pepe Botella".
Napoleón hizo prisionero a Carlos IV hasta que el Emperador fuera derrotado en 1814, año en que se sienta en el trono español Fernando VII.
El siglo XIX y la invasión francesa
En los años que van desde 1808 a 1813, la población española se alza contra la dominación francesa. Esta Guerra de la Independencia fue el factor clave para que se asentaran las bases del nacionalismo español.
José Bonaparte nunca fue considerado un rey legítimo. Sus reformas fueron rechazadas por los españoles, que se sublevan el 2 de mayo.
La Guerra Española (tal y como se conoce en Francia) o la Guerra de Independencia (tal y como la llaman los españoles) duró un total de 6 años y la totalidad del pueblo español se involucró en ella.
En 1810 se celebran nuevas Cortes donde se ratifica que la soberanía reside en el pueblo, la legitimidad de Fernando VII como rey de España y la inviolabilidad de los diputados. La primera Constitución vería la luz dos años después en las Cortes de Cádiz (La Pepa). Desde este momento se sucedieron 7 constituciones hasta llegar a la actual (1978).
El General Palafox
Fue el jefe de la resistencia aragonesa contra la invasión napoleónica. Por su rango militar, tomó a su mando la defensa de Zaragoza convirtiéndose en alma de la resistencia aragonesa, habiendo quedado su nombre para siempre, asociado a la "Ciudad de los Sitios".
Los sucesos del Dos de Mayo y los acontecimientos políticos que les siguen precipitaron la situación, poniéndose en marcha en Aragón la sublevación y triunfando el alzamiento popular en Zaragoza, hecho por el que fue nombrado Capitán General de Aragón, por aclamación popular.
Creó Palafox un consejo coordinador del mando y decretó un alistamiento general, en el que participaron numerosos aragoneses, formándose batallones que desde Huesca, Calatayud y otros muchos puntos de Aragón y la Ribera se concentraron en Zaragoza. Hecho de trascendencia fue la convocatoria por Palafox de las Cortes Generales, que no se reunían desde la llegada al trono de los Borbones. La situación de Zaragoza y de su territorio resultaba clave para los planes de invasión de los franceses; era necesario conquistar la ciudad y abrir el camino al Levante.
Palafox tomó a su cargo la organización de la defensa de Zaragoza, reuniendo los Tercios, nombrando un intendente del ejército, reclutando voluntarios constantemente, adelantando fuerzas a custodiar los pasos pirenaicos y el territorio de Jaca y reforzando los puntos estratégicos. Así, se realiza el ataque francés y el primer Sitio de Zaragoza. Los aragoneses opusieron la férrea voluntad de Palafox y el esfuerzo de su ejército (13.000 hombres), contra los muy superiores y bien equipados franceses. La ciudad sufrió duros ataques, llegando los enemigos incluso hasta el Coso, y el espectáculo debió ser desolador por las muchas ruinas de edificios y escombros. Palafox consiguió reclutar más refuerzos durante el Primer Sitio, antes de que los franceses organizaran el repliegue de tropas. En el segundo asedio, a pesar de la llegada de voluntarios, triunfa el ejército francés y la decisiva actuación de sus ingenieros y zapadores. Cerca de 50.000 muertos hubo por las epidemias y el hambre. Así, el 20 de febrero de 1809, la Junta a la que Palafox dejó el mando, capitula ante los franceses.
El general fue hecho prisionero y trasladado a la cárcel de Vincennes. Fernando VII le otorgó el ducado de Zaragoza y lo restituyó en su cargo de Capitán General de Aragón, durante cuyo período «restableció el orden de la legalidad».
Sus restos descansaron, primero, en el Panteón de Hombres Ilustres de la basílica de Atocha, de Madrid, trasladándose en 1958 a Zaragoza, donde quedaron en El Pilar.
Los Sitios de Zaragoza
Zaragoza resistió durante más de 2 meses a los asedios (sitios) de las tropas napoleónicas. El primero comenzó el 15 de junio de 1808 quedando victoriosa la ciudad. El ejército imperial francés fue derrotado por una pequeña presencia militar española y por los ciudadanos que se unieron a la defensa de su ciudad. El segundo sitio tuvo lugar el 21 de diciembre de 1808. El ejército francés, consciente de la importancia estratégica de Zaragoza volvió con numerosas tropas y refuerzos con la decisión de tomar la ciudad; ésta estaba defendida por tropas regulares más numerosas que la vez anterior, aunque la colaboración de la ciudadanía fue muy importante. Durante 2 meses se combatió con fanatismo y fiereza.
Zaragoza, como ciudad fortificada, tenía defensas anticuadas y escasas y había poca munición y vituallas. Las defensas resistieron, pero poco tiempo. Sin embargo, fue a partir de ese momento que comenzó la resistencia. Una semana de luchas callejeras hizo a las tropas asaltantes señoras de media ciudad, pero el hermano de Palafox consiguió forzar su entrada en la ciudad con 3000 hombres. Estimulados por las llamadas de Palafox y los implacables y resueltos demagogos que lideraban al pueblo, los habitantes resistieron la toma de los barrios que quedaban en su poder. La idea era retirarse al barrio del Arrabal, al otro lado del Ebro, si fuera necesario, destruyendo el puente. La lucha, que se extendió 9 días más, resultó en la retirada de las tropas francesas el 14 de agosto, tras un asedio que había durado 61 días en total.
Los franceses finalmente consiguieron cerrar el cerco a la ciudad y ésta, sin provisiones y diezmada por enfermedades, capituló el 21 de Febrero de 1809 después de una muy heroica defensa. La ciudad quedó prácticamente destruida y de 55000 ciudadanos que había en un principio quedaron 12000. La defensa de la ciudad estuvo a cargo de Palafox, Capitán General, la rendición de la ciudad fue pactada por una Junta de Defensa con la oposición del mismo.
Los Episodios Nacionales
Los Episodios Nacionales son una colección de 46 novelas históricas escritas por Benito Pérez Galdós, redactadas desde 1872 hasta 1912. Están divididas en 5 series y tratan la Historia de España desde 1805 hasta 1880, aproximadamente. Son novelas históricas que mezclan historias imaginarias con acontecimientos históricos.
La 1ª serie consta de 10 títulos: Trafalgar, La Corte de Carlos IV, El 19 de marzo y el 2 de mayo, Bailén, Napoleón en Chamartín, Zaragoza, Gerona, Cádiz, Juan Martín el Empecinado y La batalla de los Arapiles. Exceptuando Trafalgar, que ocurre en 1805, los otros 9 tomos plantean y desarrollan la Guerra de la Independencia. La 1ª serie abarca la historia española que va de 1805 a 1814, aproximadamente.
Toda la primera serie, excepto Gerona, tiene un solo y único protagonista que narra en primera persona, Gabriel de Araceli y se nos presenta como un hombre de acción.
Gabriel es la acción militar, la acción novelesca también, pues nos encontramos ante un personaje positivo que logra vencer todos los obstáculos. Araceli es hijo de un período muy bien delimitado como es la Guerra de la Independencia.
Argumento
Gabriel de Araceli se escapa de un convoy de prisioneros, con tres jóvenes más, y huyen a Zaragoza, ciudad fortalecida después de haber ganado el primer asalto a las tropas napoleónicas, en aquellos días Zaragoza y los zaragozanos habían adquirido un renombre fabuloso; que sus hazañas enardecían las imaginaciones, y que todo lo referente al sitio famoso de la inmortal ciudad tomaba en boca de los narradores las proporciones y el colorido de una leyenda de los tiempos heroicos; (...) aquellos paisanos medio desnudos, con alpargatas en los pies y un pañizuelo arrollado en la cabeza eran figuras de coturno (...) Estas y otras frases habían dado la vuelta al mundo (capítulo 4). Gracias a don Roque, uno de los fugitivos, conoce a una gran familia de peso en la ciudad: los Montoria. José de Montoria es un agricultor enriquecido que tiene gran importancia y solera en Zaragoza. Es un patriota con poca educación pero con un corazón de oro: todo lo que tiene de palabras brutas, que dice a veces sin darse cuenta, lo tiene de honrado y generoso.
Don Roque está herido y le destina como auxiliar para ayudar en un hospital. A Gabriel le envía que se aliste en una de las secciones para luchar contra los franceses. Allí conocerá al hijo menor de los Montoria, Agustín, un joven de letras destinado al servicio de la Iglesia, pero que suspira por la hermosa María ("Mariquilla"). Hija del tío Candiola, el personaje más avaro de todo Zaragoza y enemigo acérrimo del padre de Agustín, ella también se ha enamorado del futuro sacerdote. Esconden su amor secreto bajo las sombras nocturnas, amparados por el beneplácito de la criada de ella, doña Guedita, que tapa lo que hay tras las rejas del jardín cada noche.
Gabriel y Agustín se hacen tan amigos que el joven Montoria, en un acceso de necesidad por contar su secreto de amor a alguien, llega a hablarle de toda la historia con la joven y del error de amar a la mujer equivocada, de que sus padres le ven como hombre de sotana y no casado, menos con la hija del peor enemigo de su padre.
El desenlace es fatal en la historia, como se prevé desde el principio. El tío Candiola, acusado de traición, es enviado al paredón, donde el capitán debe dar la orden. Ese capitán no es otro que Agustín de Montoria, que en un acceso violento tras contarle a su padre toda la verdad sobre su novia, depone las armas y desaparece. Será entonces Gabriel de Araceli quien dé la fatal orden de "Fuego".
Cuando Zaragoza capitula, las tropas de Napoleón sólo encuentran fantasmas ambulantes y miles de cadáveres en las aceras. Un día Gabriel se encuentra con su amigo Agustín, que ha encontrado a su novia muerta. No tiene ninguna herida ni restos de sangre, pero yace en el suelo. Y deciden enterrarla, a pesar de que los Montoria ni siquiera habían enterrado a su hijo mayor. En ese momento aparece don José, que acepta la cruda realidad de que su hijo se marche de Zaragoza para meterse monje de clausura.
Tratamiento del tiempo y del espacio
Cabe suponer que Galdós conocía bastante bien Zaragoza por la manera en que la describe. No sólo se citan calles que con el paso del tiempo han cambiado de nombres, sino que habla de edificios que fueron totalmente destruidos: "Hoy existe renovado el convento de Jerusalén. Su fachada da al Salón de la Independencia. El Hospital ocupaba el sitio donde está hoy la Fonda de Europa. El actual palacio de la Diputación Provincial se ha construido sobre el solar del convento de San Francisco".
El Mercado y la Torre Nueva (inclinada), el Coso, el Convento de los Fecetas, a Casa de los Gigantes, el monasterio de Santa Engracia, el Convento de los Agustinos Descalzos, la calle Quemada, el Arrabal, la Puerta de Sancho, la Torre del Pino, la batería de los Mártires, el convento de los Trinitarios, la calle del Rincón... son lugares de la ciudad que sólo quien la conozca bien actualmente puede saber con exactitud si siguen existiendo. Aunque como sabemos que las tropas francesas destruyeron gran parte de la ciudad en 1808-1809, pocos de estos edificios sobrevivirán hoy para contar su historia.
Cuando los franceses entran a la ciudad se encuentran una ciudad en ruinas, una ciudad más muerta que viva. Es un cementerio viviente. Los franceses no ganaron una ciudad sino un cúmulo de piedras y huesos. Para conseguir la rendición, tras luchar con bayonetas y a balazos sin conseguirlo, minaron toda la ciudad, que convirtió sus edificios más importantes en polvo. Se crearon túneles subterráneos y tiraron los tabiques entre casa y casa para pasar a ocupar manzanas enteras. Uno de los edificios que más sobrevivió y perdido él, perdida Zaragoza, fue el convento de San Francisco.
El libro dura el segundo asedio a la ciudad de Zaragoza. Comprende desde unos días antes de que los franceses se acercaran a la ciudad hasta el día de la rendición: desde el 18 de agosto de 1808 hasta el 21 de febrero de 1809. Hay momentos muy intensos donde se habla durante páginas: la defensa de un monumento o un momento de idilio entre Mariquilla y Agustín, como hay momentos que pasan volando ante nuestros ojos. Pero Galdós dice las fechas como si realmente él hubiera estado allí documentándolo. En cierto momento dice: Al llegar a este punto de mi narración ruego al lector que me dispense si no puedo consignar concretamente las fechas de lo que refiero. En aquel período de horrores, comprendido desde el día 27 de enero hasta la mitad del siguiente mes, los sucesos se confunden, se amalgaman... (capítulo 21).
Cabe hablar del recuento de víctimas en este momento histórico: cincuenta y dos mil cadáveres, casi todos arrojados en las calles. Unos párrafos después Galdós nos refiere el dato de esta manera: cincuenta y tres mil vidas le tocaron a la ciudad aragonesa en el contingente de doscientos millones de criaturas con que la Humanidad pagó las glorias militares del Imperio francés (capítulo 30).
Personajes
El protagonista principal, narrador de la historia que le tocó vivir, en primera persona, es Gabriel de Araceli. Es un personaje activo, hombre de armas y con bastante sangre fría. No se dice nada de su pasado, simplemente de dónde viene y adónde va. No sabemos de dónde es. Lo único que conocemos de su persona es lo que él mismo nos dice mediante sus palabras. Nos habla con los ojos de un historiador que va recopilando sus acciones por los rincones de Zaragoza, nos habla desde el recuerdo de una persona que no le gustaría volver a revivir ciertos momentos. Galdós pone en labios de Araceli no sólo hechos vividos por el joven, sino opiniones personales. No sabemos nada de su familia ni de sus raíces, pero nos habla de sus amigos. Su mejor amigo en Zaragoza es Agustín de Montoria.
Hijo de una adinerada e ilustre familia zaragonaza, Agustín es un joven que ha dedicado su vida al estudio de las novelas griegas y de los libros santos. Sus padres esperan con ansiedad el día que llegue a decir misa por primera vez. Agustín tiene una doble vida. Con un carácter apacible y grácil, ante su familia y profesores es un joven con un carácter envidiable y puro, que cumple todos los votos de la Iglesia con una rigidez y una nobleza propios de un santo varón. Por otro lado, el amor religioso se convierte en amor "carnal" en el momento en que conoce a Mariquilla, de quien se enamora perdidamente. Desde entonces, mientras por el día se dedica al estudio de los clásicos, por la noche ronda, como cualquier novio, la casa de la muchacha, a quien desea y quiere con toda su alma. Y se lamenta por la desgracia que le viene encima, ya que su familia le tiene preparado otro destino que no es el del matrimonio, y que realmente es lo que más desea él.
María de Candiola, "Mariquilla", cambia su papel secundario en la novela (al principio la conocemos a través de los ojos con que la ve Agustín) por un rol que va cobrando importancia a medida que vamos pasando las páginas. Ella protagoniza el climax, el momento en que el señor Montoria se da cuenta del amor que se profesan los jóvenes. Mariquilla pasa a ser un personaje pasivo a una persona activa. Hija del famoso tío Candiola, ruin en exceso, pendiente de los simpagos de sus clientes y avaricioso hasta la saciedad, el padre de la joven es el enemigo eterno de don José de Montoria. Otro ejemplo de por qué es imposible el amor de los muchachos. Esa enemistad se traduce en un odio profundo con deseos de venganza. Pero Candiola ama a su hija más que a su dinero. Aunque nada sabe de su amor a escondidas, le da todos los caprichos, aunque apenas le deja salir de casa. Cuando es acusado por traición, María es la que busca ayuda, demostrando lo mucho que necesita y quiere a su padre, para evitar su muerte. Jerónimo Candiola, conocido en Zaragoza como el "judío mallorquín", es famoso por su avaricia y "maldad". Dicen que todas las noches se pasa horas contando las monedas en su sótano. Viste como un pordiosero, pero eso no quita para regalar a su hija las mejores vestimentas de la ciudad. Habiendo perdido todo, fruto de un alma vil y cobarde, se pasa al bando de los franceses mostrándoles el camino por una de sus casas para llegar a las trincheras de los aragoneses. Cuando vuelve es apresado y acusado de traición, un castigo del que ni siquiera su propia hija puede salvarle. Su peor enemigo es José de Montoria.
El patriarca de los Montoria es una persona con un corazón de oro. Humano y patriota, tiene una energía de la que nos hace partícipes a lo largo de toda la novela. Anima a los jóvenes a seguir, a pesar de perder a su primogénito. Su bondad es extensa. Su lengua admite errores de educación, pues nunca estudió, pero se suplen con su honradez y generosidad hacia sus semejantes. Cuando mancilla la imagen de Candiola en público, le pedirá perdón y aceptará todo lo que llegue, pero sólo después de haber perdido a su hijo y a su nieto. Asimismo aceptará el amor de su hijo Agustín con Mariquilla.
Personajes secundarios hay muchos. Destacan entre ellos doña Guedita que tapa el amor de los jóvenes, el mendigo cojo Sursum Corda que es un charlatán sin límites y aparece dos veces contadas (una al principio y otra al final), Leocadia de Montoria, Pirli y Manuela Sancho, varios sacerdotes y clérigos, otras personas que se nombran de pasada y, entre ellos, el General Palafox.
El Capitán General aparece en las situaciones más inusitadas dando ánimos a los zaragozanos, apoyándoles para que den todo por la patria, para que no se rindan. Está descrito como un personaje que aparece en los peores momentos, vestido de gala, que deja a la gente con la boca abierta. No participa abiertamente en la historia. Sólo sabemos de él por lo que nos cuenta Gabriel de Araceli. Lo presenta como una persona benevolente y positiva, que se acerca a la plebe en los peores momentos, alguien a quien no le importa morir dándolo todo por la causa nacionalista.
La novela como documento histórico y costumbrista
Es cierto ese dicho de que "en el amor y en la guerra todo vale". Una vez más lo vemos en esta novela. Una guerra realista donde surge la llama de un amor ficticio; el cariño a unos personajes sacados de la imaginación del autor que ocupan las primeras escenas mezclados con ilustres personajes históricos que quedan en un segundo plano.
Galdós esboza aquí la realidad de una ciudad que luchó contra viento y marea, que dejó de ser ciudad cuando el último aliento se le fue por los muros de sus edificios convertidos en polvo, una ciudad que después de esta cruenta batalla tuvo que empezar de cero, tuvo que reconstruirse entera. Hoy Zaragoza puede jactarse de que sus muros están grabados a sangre por lo que un día ocurriera en sus calles, puede presumir de poseer un sentimiento nacionalista puro, una causa que le sirvió para hacer frente a los extranjeros, puede pensar en la Virgen del Pilar como capitana de un ejército que se quedó en los huesos en 1808. Pero la Virgen sigue en Zaragoza y podemos concienciarnos de que sin esta parte de la historia quizás en la actualidad la "Pilarica" podría estar colocada en algún pedestal de una ermita olvidada de un pueblo francés. Ella quiso quedarse en Zaragoza.
¡Fuera almuerzos, fuera desayunos, fuera melindres! Los aragoneses no se alimentan sino de gloria (capítulo 10).
Dejando aparte los hechos históricos, donde el escritor se ciñe bastante a la realidad, incluso haciendo un balance de todos los que murieron por España, habla también de rasgos de los zaragozanos. Su "Zaragoza no se rinde" está patente a lo largo de todas las páginas del libro. Nos analiza a la gente oriunda de esta ciudad como gente de gran corazón, con una tozudez, tenacidad y terquedad sin límites, como personas hospitalarias y generosas allí donde las haya, con sus "porras" y "cuernos" siempre al punto de salir de la garganta, con descripciones que bien pueden ser reales: llaman en Zaragoza "torres" a las casas de campo (capítulo 3)... Galdós nos da un perfil bastante completo del pueblo zaragozano, en momentos como estos: los franceses caían como moscas, señores, y a los zaragozanos, lo mismo les daba morir que nada (capítulo 2). Quizás hoy en día podamos ver muchos de estos rasgos en personas de allí.
No sólo la bravura de los hombres maños está expuesta aquí, sino que también describe a varias mujeres que llamaban la atención por tal bravura, luchando con una fuerza sacada no se sabe de dónde, pues las mujeres no sólo animaban al pueblo, sino que también empuñaban arcabuces.
Los dichos de la época, "colchón de guijarros hace buenos madrugadores", así como las jotas son elementos que hay que tener en cuenta, aunque pocos sean los momentos de alegría para poder cantar y bailar en medio de los sonidos de las bombas.
Contrasta lo que dice Galdós casi al principio: Zaragoza era entonces una fortaleza de cartón (capítulo 3) con la fortaleza interior que crecía dentro de la gente que habitaba tras sus muros.
La metáfora del amor con respecto a algo regional como es el río Ebro es también digna de mención: Figúrate que el Ebro, ese gran río que baja desde Fontibre hasta dar en el mar por los Alfaques, se detuviera de improviso en su curso, y empezara a correr hacia arriba, volviendo a las Asturias de Santillana (capítulo 5). De aquí y de otras menciones a caminos del territorio nacional podemos deducir que Galdós tenía un conocimiento extensísimo de la geografía española.
También se toca por encima el aspecto religioso. No sólo en la figura de Agustín de Montoria y en clérigos de la época, sino que se describe el fervor de los zaragozanos por la Virgen, un fervor sin igual. No se rezaba en silencio, sino que los agradecimientos y las muestras de cariño hacia la imagen santa eran en voz alta. Es algo que llama bastante la atención.
El trasfondo moral en el momento en que el protagonista debe dar la voz de "¡Fuego!" hace pensar en el arrepentimiento, en la injusticia de tener el poder de quitar una vida con sólo decir una palabra, cuando esa muerte quizás arrastre consigo otras y una pena infinita.
Galdós deja una muestra bastante evidente de su desprecio hacia el periodismo de su época, cuando critica al directo de La Gaceta por crear unas ilusiones en el pueblo que no son más que meras falacias acerca de que iban a venir apoyos de otros rincones de España, apoyos que nunca llegaron. Ése es el poder que tienen los medios de información, un poder que es capaz de conmover a masas de gente inmensas.
Aparte de controlar perfectamente la geografía en que le tocó vivir, Galdós nos muestra un perfecto uso de la jerga militar entre la soldadesca, así palabras como arpillera, bisoño, vivaque, morrión, charretera... Usa palabras antiguas del viejo Reino de Aragón como mosén (nombre que recibían los clérigos en aquella época). A veces, y sobre todo en boca de personas de bajos niveles sociales, utiliza un lenguaje coloquial, que contrasta con la manera de hablar educada de otros personajes. Pero en estos momentos no hay fronteras, no hay clases sociales, todos los zaragozanos se habían convertido en "hermanos" para luchar por un objetivo común: la independencia de España frente a la dominación francesa.
Zaragoza es muchas veces tratada, más que como ciudad, como si fuera una persona, como si pudiera respirar bajo sus cimientos, como si poco a poco la estuviera matando la metralla rival. Y al final suspira echando su último aliento, convirtiéndose en una ciudad fantasma, llena de almas errantes.
También es un baile para los sentidos. Galdós no sólo nos hace una visión extensa de lo que podrían ver nuestros ojos a principios del siglo XIX de la ciudad bañada por el Ebro, sino que nos describe los sonidos, sonsonetes y otros ruidos como si pudiéramos escucharlos, nos describe los olores de la ciudad como si fuera posible olfatearla, y nos describe las penas, pérdidas y tristezas como si pudiéramos sentirlas en nuestro interior.
La impotencia y la rabia final evocan una tristeza y una pena inigualables. Un sinfín de vidas perdidas y de luchas imparables para que al final los franceses, superiores en fuerzas, entraran en la ciudad.
Al final me quedo con este párrafo: ¿Zaragoza se rendirá? La muerte al que esto diga. Zaragoza no se rinde. La reducirán a polvo; de sus históricas casas no quedará ladrillo sobre ladrillo; caerán sus cien templos; su suelo abriráse vomitando llamas y lanzando al aire los cimientos; caerán las tejas al fondo de los pozos; pero entre los escombros y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde (capítulo 29).
A., gracias por documentarme ;)
Fuentes:

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