martes, mayo 16, 2006

Una hora de España de Azorín

Si hay un escritor que al leerle invite a la paz ese es, sin duda alguna, Azorín. Su evocación a lugares que fueron quizás mejores, su mirada nostálgica hacia un futuro desconocido pero previsible, su idea del tiempo presente que se va, sus personajes anónimos, seres normales que cobran importancia bajo sus melancólicas descripciones... convierten a Azorín en un poeta del tiempo.
Su amor a los libros, sobre todo a los clásicos, a los animales, a los paisajes castellanos y a esa España evocadora se hace patente a lo largo de las páginas de Una hora de España.
Escrito como objetivo de su discurso de entrada en la Real Academia Española, ese discurso se convirtió en algo más que un libro. Es un "flash-back" hacia ciertos momentos del siglo XVI, una mirada a personajes, algunos conocidos, en su vivir más rutinario.
Perfil humano de un escritor
Azorín vivía en Madrid desde 1896, donde residió hasta su muerte (2 de marzo de 1967). Antes de ir a la Universidad suspendió Literatura (hecho anecdótico preciso de recalcar).
En 1893 comienza su actividad literaria con La crítica literaria en España, con el seudónimo de "Cándido". En sus primeras publicaciones, manifiesta un espíritu revolucionario, fruto de una ideología anarquista. Sus primeras obras las publica firmando con los dos apellidos y con la inicial de su nombre. En Buscapiés aparece con el seudónimo de "Ahrimán". Como "Azorín" comienza a firmar en 1904, en las páginas de la prensa diaria.
Incorporado a la vida literaria, Azorín desarrolla una intensa labor en publicaciones de carácter periódico: El País, El Globo, Alma Española, El Imparcial, ABC, Blanco y Negro, El Sol, La Prensa (de Buenos Aires).
Fue Académico de la Lengua desde 1924. En 1952 anunció su retirada de la vida literaria. Pero continúa, casi hasta el final, publicando artículos y libros.
La Generación del 98
En 1898 se producen una serie de hechos adversos a la Historia de España, que justifican la aplicación de la palabra "desastre" a ese momento histórico. Cuba y Filipinas luchan, con el apoyo de Estados Unidos, por lograr su independencia. Estados Unidos busca un pretexto para declarar la guerra a España: la explosión del crucero norteamericano "Maine" en La Habana. La guerra duraría pocos meses y termina con el reconocimiento español de la pérdida de Cuba, Filipinas y Puerto Rico. Todo se había perdido menos el honor.
Se habla de una "generación literaria del 98", un grupo de autores a los que se identifique con esos acontecimientos. Sus componentes más importantes fueron: Unamuno, Ganivet, Baroja, Azorín, Maeztu y Antonio Machado.
Azorín siempre defendió la existencia de una generación literaria del 98. Esta denominación se debe al político e historiador Gabriel Maura, en una polémica sostenida con Ortega y Gasset: "generación nacida intelectualmente a raíz del desastre". Baroja niega la existencia de esta generación literaria.
Actualmente la mayoría de historiadores y críticos literarios creen que no hay distinción entre 98 y Modernismo, ya que la tendencia modernista posee la amplitud de toda una época.
Predilecciones literarias y fidelidad a sí mismo
El tema del tiempo es constante en Azorín. El tiempo atestigua el pasar de todas las cosas con inexorabilidad angustiosa, limitándonos entre un pasado irrevocable y la incógnita del futuro, mientras el presente se convierte ya en pretérito. Azorín se preocupa permanentemente por el tiempo. Gran parte de su creación es una nostálgica evocación, un dolorido sentir del pasado. Se trata de una escondida poesía de lo pasado, la ternura por lo nimio y lo episódico. Recalca todo aquello que no cambia, no se altera, es siempre igual.
El paisaje es también un motivo literario en Azorín. El paisaje, sobre todo el paisaje castellano, es esencial en sus libros. Su obra está constituida por visiones de paisajes. A la descripción minuciosa se une la interpretación lírica del alma del paisaje. No se trata sólo de contemplar y reproducir, sino de extraer el simbolismo de cada paisaje. La afición paisajística se relaciona con el sentimiento patriótico.
Uno de los puntos más importantes de la obra de Azorín responde a la lectura y comentario de autores clásicos. Siempre intentó ver las creaciones de los autores antiguos a través de su propia sensibilidad. Quería encontrar aquello que, nacido en otra época distinta, permanecía vivo. No sólo revitalizó a los clásicos, sino que buscó sus valores permanentes y se acercó a la verdad íntima y puramente humana de los escritores. Evoca figuras y ambientes que resurgen en un clima de poética emoción.
La obra de Azorín es muestra de un apasionado amor a España. Intenta comprender a los seres, tierras y cosas de España; hace su realidad más auténtica; es un anhelo de comprender no sólo la Historia sino la intrahistoria española: el entramado sutil, poco recordado o desconocido e incluso anónimo, que late por debajo de los grandes acontecimientos y de los personajes eminentes.
Azorín muestra un estilo característico e inconfundible: sencillo y preciso. El escritor impone la frase concisa, la oración coordinada o yuxtapuesta, con pocas subordinaciones. Su léxico, rico en vocablos y que busca siempre la exactitud en las denominaciones, se amplía con términos extraídos de la lengua clásica. La forma expresiva de Azorín ha influido en la prosa española actual.
Otro rasgo de Azorín es el gusto por lo insignificante, por cosas por las que nuestra mirada resbala, indiferente, a diario, pero que en la prosa del escritor aparecen delicadamente ennoblecidas.
Sus novelas tienen poca acción y un tempo lento en su ritmo. La narración constituye en ellas un motivo para que el escritor trate una vez más, con su técnica personal, estos temas.
El teatro significó un intento de crear algo nuevo y distinto de las obras imperantes en la escena española. Está influido por Maeterlinck y por Rilke.
Azorín, en los últimos años de su vida, mostró un gran interés por el cinematógrafo. Fruto de este interés escribió numerosos artículos, reunidos después en dos volúmenes: El Cine y el Momento y El efímero cine.
El acercamiento del escritor al arte cinematográfico causó cierta sorpresa. Es posible que se deba a la angustia por el paso del tiempo. El hecho se hace realidad evidente: "el cine es el momento".
Obra: evolución y etapas
La extensa obra de Azorín se basa en dos "intermediarios": la lectura de libros eruditos y autores clásicos y sus recuerdos personales o recreados con una sensibilidad evocadora.
En su obra se observa una evolución que permite establecer varias etapas:
* 1893-1900: Predominan actitudes rebeldes y de crítica (literaria, social...). La crítica literaria en España.
* 1901-1909: Periodismo y libros. Recuerdos personales, interiorización, análisis psicológicos, preocupación por el transcurso del tiempo, viajes... Diario de un enfermo, Antonio Azorín, La voluntad, La ruta de Don Quijote.
* 1910-1925: Plenitud literaria. Castilla y España son los grandes temas, junto a comentarios e interpretaciones de los escritores clásicos, melancolía por el transcurso del tiempo, amorosa comprensión de la intrahistoria. Castilla, Al margen de los clásicos, El paisaje de España visto por los españoles, Una hora de España, Doña Inés.
* 1926-1936: Iniciación de nuevos rumbos y géneros literarios. Superrealismo, teatro.
* 1940-1967: Memorias personales. Artículos en periódicos. Interés por el cinematógrafo. Madrid, Valencia, Memorias, El Cine y el Momento, El efímero cine.
En una creación tan extensa, se podría suponer una dispersión. Sin embargo, se impone un sentido unitario, merced a esa fidelidad del escritor a sí mismo. Un denominador común en todos sus libros podría ser la "historia", así él los dividió en libros de Historia Antigua y libros de Historia Contemporánea.
Una hora de España
El 26 de abril de 1924, los académicos Armando Palacio Valdés, Francisco Rodríguez Marín y Leopoldo Cano habían propuesto a José Martínez Ruiz (Azorín) para que ocupara el asiento P de la RAE.
Un mes después, la Academia elegía a Azorín, mediante votación secreta y unánime, para cubrir la vacante.
El 26 de octubre de 1924, la Real Academia Española celebraba sesión para recibir a su nuevo miembro. Tras la lectura de su discurso recibió una gran ovación. Pero en el tiempo que Azorín permaneció en la Academia hizo poco acto de presencia.
Ante la Academia, Azorín no leyó un discurso sino un libro. Por la extensión del libro, en el acto de ingreso el escritor no lo leyó entero sino que tuvo que hacer una selección de su contenido. El libro pretende dar una visión panorámica e impresionista de un período de la historia de España a través de algunos de sus más significativos estamentos, sectores sociales y personajes, de lo que éstos hacen y piensan. Surge una imagen maravillosa de una España contemplada con amor.
En una serie de 41 capítulos breves, a manera de cuadros narrativo-descriptivos de evocación actual, presenta a seres humanos, circunstancias, lugares, hechos que representan un tiempo concreto de España. Todo apuntado, casi instantáneo, pero intenso y expresivo a la vez, como una síntesis reveladora de la España de la segunda mitad del siglo XVI.
Hasta 1912, Azorín consideraba que todas sus obras eran de carácter histórico, de ahí que Una hora de España se agrupe en Historia Antigua. Los componentes de índole histórica constituyen el factor esencial de la obra. Pero estas sustancia histórica Azorín la trata, estructura, interpreta y expone con un arte literario singular. Los capítulos son cortos, la mayoría independientes de los otros, aunque contienen un sutil hilo conductor. No son artículos sin más, sino ensayos breves sobre temas y motivos históricos en los que se expone, glosa e interpreta una realidad concreta. La brevedad y plasticidad de cada capítulo sugiere un cuadro: cuadros de historia trazados con fina sensibilidad imaginativa y evocadora, con unos instantes impresionistas, de unos hechos pretéritos que reviven en la recreación del artista. Más que ensayo histórico, entran dentro del género de ensayo azoriniano. Algunos capítulos insinúan cuentos, apuntes, bocetos de novela y la emoción lírica de otros textos los convierte en bellos poemas en prosa. A pesar de esta diversidad genérica, el escritor continúa fiel a sí mismo, a su singular manera de ver e interpretar las cosas.
La Historia es la sustancia de la que se nutre Una hora de España, pero de esa historia del siglo XVI, Azorín fija la atención en los pequeños sucesos, circunstancias cotidianas y sin relieve aparente, hechos anodinos... La gran historia queda en segundo plano, incluso de los personajes importantes, que aparecen con frecuencia, interesa más el hacer cotidiano que la imagen externa y grandilocuente.
Todo ello es revivido en un presente histórico, posible a través de un excepcional poder evocador. El presente histórico aproxima lo lejano para transformarlo en realidad viva y visible.
Desde un pasado que se transforma en presente para el escritor, nos interrogamos por el futuro de esas cosas que han de sufrir el paso del tiempo. Sus preguntas denotan una sutil melancolía, aunque ahora no se trata de mirar hacia el tiempo, sino al que ha de transcurrir.
España es tema central. El autor ensaya una comprensión y explicación de una época de la historia española, mediante una actitud afectuosa.
La versión negativa de la decadencia de España desaparece en Una hora de España. El escritor considera que el poder (poder militar) pasó de España a América.
La España del siglo XVI se une a la existencia de un nuevo mundo, más allá de los mares, al que iban muchos españoles. Las referencias que Azorín hace a América son numerosas. América es el gran argumento para rechazar que se haya producido una decadencia española.
La existencia de América le lleva a Azorín a formular una nueva definición de España y de la compleja realidad hispánica. Cree posible que llegue a consumarse la unidad espiritual de la nación española con las americanas.
El interés por la Historia conduce a Azorín al tema del Tiempo en abstracto, del tiempo como un eterno fluir. El tema del tiempo aparece en Una hora de España con muchas variaciones, generando un sentimiento de melancolía, ante la desaparición de todas las cosas, diluidas en el transcurso del tiempo.
En Una hora de España el tema del tiempo figura ya en el título con la palabra "hora" (medida de tiempo) y se hace constante a lo largo de todo el libro; pasado y presente se confunden hasta permitir que resucite la España de Felipe II.
El tiempo es un apresurado pasar y, en su transcurso, todo camina, sin detenerse, hacia su extinción definitiva. Pero las circunstancias, los seres, la vida se reiteran como en un incesante retorno. Nada detendrá el envejecimiento de las cosas. Todo se desmorona, huya, hasta desembocar en la muerte y en la nada. Y sin embargo, algo permanece, inalterable, a través del tiempo: aquello que semeja ser más frágil.
En Una hora de España aparece, insistente, el Crepúsculo (final del día, comienzo de la noche, imagen penúltima de la vida) con sus connotaciones de decaimiento y melancolía, y como símbolo de la inexorable fugacidad a la que están sujetos todos los seres.
El crepúsculo es el espacio temporal acorde con la melancolía de Azorín, un crepúsculo en el que coinciden sincrónicamente muchos de los personajes y circunstancias de este libro, que es escenario de un oscurecimiento que concluirá en las sombras definitivas.
Azorín se refiere a "la tragedia del tiempo que se desvanece". Sin embargo, no es trágica la sensación que desprende de sus páginas, sí aparece la tristeza que surge de una realidad impuesta: vivir es ver el atardecer, contemplar cómo llega el crepúsculo y el aviso de la muerte. Porque los seres humanos se hallan presos del Tiempo.
El texto denota un grandísimo cuidado y una estructura muy pensada. Azorín quiso escribir una síntesis expresiva de su estética. La atención a los seres y a las cosas minúsculas, insignificantes, aparece a veces de manera prototípica.
Cuando Azorín, en su discurso académico, llega a las páginas finales, confiesa los temores y dudas que ha experimentado, en un anhelo de armonizar dos épocas distintas.
Argumento
No cabría hacer un argumento "normal" para este libro, ya que aparentemente los capítulos no tienen conexión unos con otros. Como bien dice el subtítulo (Entre 1560 y 1590) Azorín ha escogido una serie de años del siglo XVI. Se presentan tanto personajes famosos desde realidades superficiales de su vida, descripciones de ciudades donde se pone de relieve lo más insignificante de ellas, otros personajes anónimos que se convierten en partes relevantes. Una palabra da lugar al comienzo de otro capítulo. Es como si estuviéramos pensando en algo y de repente un pensamiento de esos nos transportara rápidamente a otro mundo completamente diferente del anterior. Y así es como pasa en el libro. Porque al final es una hora la que se ha estado pensando sobre una España cuyo gran imperio, el de Felipe II, empezaba a decaer. Son momentos del siglo XVI donde tanto el escritor como el lector miran a través de un escenario otro mundo del pasado traído al presente, donde se evocan muchas cosas. Y esto es lo que tenemos: tras una hora de ensueño volvemos a la realidad.
Este libro sirvió a Azorín de discurso de ingreso para la Real Academia Española.
Personajes
Aparece un anciano visto desde su senitud y no desde su gloria. Ese anciano no es otro que Felipe II. Observa desde la ventana el imperio que se va. Una lágrima lucha por salir a sus ojos. En el crepúsculo de la tarde, porque también un Imperio es efímero y por la cercanía de la muerte.
También aparece una viejecita que no es otra que Santa Teresa de Jesús. Va caminando por toda España, buscando una casa donde crear su orden.
Otro personaje que también aparece aquí es Miguel de Cervantes. Se le ve como un viandante que acaba de llegar a una venta donde se oyen gritos.
Dos personas históricas, menos famosas que las anteriores, que también son dignas de nombrar son Fray Luis de Granada, don Álvaro de Luna y Juan de Benavides.
Aparte de estas figuras históricas aparecen otras que son anónimas, y muchas secundarias: un inquisidor, cortesanos o palaciegos, una joven criada que limpia la habitación de un poeta, una mujer entrada en años que va todos los días a la catedral a mantener una llama encendida, un veredero o correo que lleva noticias de un lado a otro del reino, el santo hermano Román, admirado por el pueblo, pastores, cómicos, colonos que han emigrado a América, misioneros, soldados, bucaneros, un labrador, un profesor.
En último lugar son nombrados escritores clásicos y filósofos europeos, cuyas palabras se plasman como explicación de alguna cosa.
Felipe II
La personalidad del "Rey Prudente" definirá la historia europea de la segunda mitad del siglo XVI. Nace en Valladolid el 21 de mayo de 1527, era hijo del emperador Carlos V e Isabel de Portugal.
El pequeño Felipe será jurado como heredero de la corona de Castilla el 10 de mayo de 1529 en el convento de San Jerónimo en Madrid. La educación del príncipe quedará en manos de doña Isabel debido a los continuos viajes del emperador. En 1534 Juan Martínez Siliceo se convierte en su tutor para que "le enseñase a leer y escribir". Al año siguiente el príncipe tenía casa propia y Juan de Zúñiga era designado su ayo. Siliceo y Zúñiga diseñarán la educación del muchacho. Las relaciones de don Felipe con su madre fueron muy estrechas por lo que el fallecimiento de doña Isabel en 1539 supuso un golpe muy duro para el pequeño príncipe. Ese año inicia sus tareas políticas ya que queda como regente del Reino ante la marcha de su padre hacia la ciudad de Gante. Felipe tenía 12 años. Fue apoyado por un Consejo de Regencia, integrado por Francisco de los Cobos, el cardenal Tavera y el duque de Alba, así se familiariza con los asuntos de Estado.
Su primer matrimonio se producirá el 15 de noviembre de 1543. La elegida será su prima María Manuela de Portugal. La duración de enlace duró un año ya que la esposa falleció tras el parto del príncipe Carlos, el 12 de julio de 1545.
Felipe volvió a quedar como regente de Castilla. Seguía asesorado por un consejo y las últimas decisiones estaban en manos del emperador pero Felipe iba recogiendo la experiencia necesaria. En 1554 vuelve a casarse. La nueva esposa será la reina de Inglaterra, María Tudor, ya que a Carlos V le interesaba la alianza inglesa. Felipe recibe el título de rey de Nápoles y duque de Milán, trasladándose a Londres para celebrar su boda. El propio príncipe consideró siempre su enlace como una cuestión de Estado y permaneció largo tiempo en tierras inglesas.
Asuntos de Estado le llevaron a Flandes, donde el 25 de octubre de 1555 recibía de su padre la soberanía de los Países Bajos. El trato con los holandeses y alemanes fue muy estrecho, convirtiéndose en un monarca querido por sus súbditos. Al año siguiente Carlos abdicaba en su hijo las coronas de Castilla y Aragón, lo que hacía a Felipe el dueño del Imperio más importante de su tiempo. Su tío Fernando recibía el Imperio Alemán y los estados patrimoniales de los Habsburgo, familia que se dividía en dos ramas: la austriaca y la española. En marzo de 1557 regresaba a Inglaterra convertido en rey de España y pasa algunos meses en compañía de su esposa, intentando engendrar el tan deseado hijo.
Regresa a los Países Bajos para conseguir una de las mayores victorias militares de su reinado: la batalla de San Quintín, el 10 de agosto de 1557. El triunfo provocaba el fin de la guerra con Francia y la firma de un acuerdo de paz, el "Tratado de Cateau-Cambresis", con el que se ponía fin a la disputa por el control de Italia, que quedaba en manos españolas. El tratado se sellaba con el matrimonio de Felipe con la joven Isabel de Valois. Felipe había enviudado de nuevo en 1558, sin conseguir el deseado heredero. De este enlace nacerán las dos hijas: Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela.
A su llegada a España en 1559 inició una serie de cambios en la práctica y en la forma de gobierno, rompiendo de esta manera con la tradición medieval y otorgando un carácter innovador a la Corona, al tiempo que se fijaban las bases de la administración pública moderna. Fruto de estos cambios será el establecimiento de la corte permanente en Madrid (1561), la reforma de la audiencia de Sevilla (1556) o la creación del Consejo de Italia (1558) y de las audiencias de Charcas (1559), Quito (1563) y Chile (1567).
La paz con Francia le permitiría poner en práctica una política mediterránea encaminada a frenar el expansionismo turco por el norte de África y en la zona occidental del "Mare Nostrum". Precisamente para poner fin a esta expansión se formó la Liga Santa junto a Roma, Venecia y Génova, consiguiendo la espectacular victoria en la Batalla de Lepanto (7 de octubre de 1571) dirigiendo las naves el hermano del monarca, don Juan de Austria. Don Juan había participado también con éxito en el aplastamiento de la revuelta de los moriscos granadinos en 1568. Ocho años después se producirá una segunda rebelión, llegando a solicitar ayuda a los turcos. Esta segunda tentativa tendrá también una escasa incidencia y será sofocada. El freno al avance turco llegará por la vía diplomática a través de intermediarios. Felipe II conseguía cerrar un frente de lucha y poder centrarse en los conflictos atlánticos, especialmente la Guerra de los Países Bajos, prioridad en la política felipina desde que se produjo la primera rebelión en 1566, sofocada duramente con la intervención del duque de Alba y la ejecución de los condes de Horn y Egmont. La muerte de Isabel de Valois y el príncipe Carlos y la invasión del príncipe de Orange en los Países Bajos motivaría que el año 1568 esté considerado como el "annus horribilis" del reinado de Felipe. Quedaba viudo por tercera vez, sin heredero varón y con una guerra en ciernes en el norte de Europa.
En 1570 volverá a contraer otra vez matrimonio con su sobrina, doña Anna de Austria. El matrimonio tendrá 5 hijos, sobreviviendo sólo el heredero de la corona, el futuro Felipe III. Doña Anna fallecería en 1580 pero el rey ya no se volvería a casar, pasando sus últimos años viudo.
La corte madrileña vivirá momentos de tensión y rivalidades al enfrentarse de manera casi abierta las dos facciones que competían por el favor real. La encabezada por el duque de Alba y la liderada por el príncipe de Eboli. Entre 1576-1579 las rivalidades casi provocan un colapso administrativo. Estos enfrentamientos tuvieron su punto culminante en el asesinato de don Juan de Escobedo, secretario particular de don Juan de Austria, el 31 de marzo de 1578.
Mientras estas rivalidades se producían en la Corte, en los Países Bajos la situación era cada vez más complicada. La política militarista del duque de Alba había dejado paso a una línea más dialogante establecida por don Luis de Requesens pero su fallecimiento en 1576 y el saqueo de Amberes por las tropas no favorecieron esta nueva línea política emprendida. Don Juan de Austria pudo conseguir finalizar el conflicto pero su muerte en Namur (1578) tampoco ayudó. Felipe apostó por la llegada del cardenal Granvela como secretario de Estado para resolver la crisis tanto política como financiera.
De esta manera se daba paso a la segunda etapa del reinado caracterizada por el inicio del declive físico y moral del monarca. Felipe había sido nombrado rey de Portugal en 1580 por las cortes de Thomar tras el fallecimiento del cardenal don Enrique. La situación en Flandes estaba estancada a pesar de los éxitos iniciales de Alejandro Farnesio. La intervención de Isabel I de Inglaterra en el conflicto de los Países Bajos inclinará la balanza a favor de los rebeldes holandeses. La reacción del "Rey Prudente" será la organización de la Armada Invencible con la que pretendía invadir la isla británica, contando con el embarque de las tropas de Farnesio. El desastre de la Armada en el año 1588 iniciará la etapa de declive tanto política como física del reinado de Felipe II.
Esta tercera etapa vendrá marcada por el progresivo cese de funciones del monarca ya que sus achaques y enfermedades le impedían controlar todos los asuntos como era de su agrado. Para colaborar con las decisiones del monarca se crea la Junta de Noche (1585) en la que participa el secretario Vázquez de Leca.
Más tarde se organiza la Junta Grande, consejo cuyo objetivo primordial será hacer frente a la caótica situación económica pero que se convertirá en la verdadera encargada del gobierno de la Monarquía. Estos últimos años vendrán caracterizados por la intervención en la política francesa a través de su apoyo a la Liga Católica. Los deseos de situar a su hija Isabel Clara Eugenia en el trono francés no se verán satisfechos al coronar a Enrique IV como monarca galo. El inicio de un conflicto en la zona norte de Francia, en el que participarían activamente las tropas de Alejandro Farnesio, diversificaría los frentes de lucha y permitirá la consolidación de la posición holandesa. La Paz de Vervins (1598) ponía fin a la lucha hispano-francesa y dejaba los Países Bajos en manos de Isabel Clara Eugenia, casada con el archiduque Alberto.
La salud de Felipe II se iba deteriorando y los ataques de gota se repetían con mayor frecuencia. Llegará un momento en que no pueda firmar debido a la artrosis de su mano derecha. A finales del mes de junio de 1598 Felipe sufrió unas fiebres tercianas que le postraron en la cama, sufriendo dolores tan intensos que no se le podía mover, tocar, lavar o cambiar de ropa.
A las 5 de la madrugada del domingo 13 de septiembre de 1598 fallecía Felipe II en el monasterio de El Escorial. Tenía 71 años y su agonía había durado 53 días.
Santa Teresa de Jesús
Teresa de Ahumada nació en Ávila, el 28 de marzo de 1515. Desde sus más breves años comenzó a sentir mística exaltación, y a los 7 años huyó de su casa con un hermano, para ir a buscar martirio.
Cuando vuelve al hogar, a los 12 años perdió a su madre, lo que la afectó en extremo y pareció decidir su vocación religiosa. A los 16 años entró en el convento de Santa María de Gracia, llevada por su padre a causa de sus malas frecuentaciones, entre ellas la de una su prima, y de las exageradas lecturas de libros de caballerías.
A los 19 años, profesó en el convento de la Encarnación de Ávila. Poco después cayó gravemente enferma y su padre la llevó a baños minerales: sentía los primeros síntomas de sus neurosis. En 1537, en casa de su padre, sufrió un ataque de parasismo, y durante 2 años estuvo paralítica. Sanó, y durante bastantes años su fe anduvo bastante entibiada, hasta que volvió al pasado ardor religioso porque, según ella, Cristo se le apareció con airado semblante.
Creyó que la causa de su frialdad provenía de su frecuente trato con seglares y decidió reformar la orden del Carmelo, a la cual pertenecía, y fundar religiones de monjas descalzas y enclaustradas. En su empresa tuvo grandes dificultades que vencer, pero le ayudaron una de sus hermanas, otros parientes, varios señores piadosos y la duquesa de Alba.
Sus principales obras son en prosa, son pruebas de que la santa era una gran estilista. En cuanto a sus poesías, fueron compuestas en los momentos de mayor ardor místico, ella decía que la Divinidad se las inspiraba.
Santa Teresa murió, después de realizada su obra de reforma, el 4 de octubre de 1582, a los 67 años.
Miguel de Cervantes
Nacido en 1547 en Alcalá de Henares, su padre era un humilde hidalgo que practicaba la cirugía, quizá de ascendencia judía. Durante su infancia y juventud estudió con los jesuitas, en la Universidad de Salamanca y en Madrid como alumno del humanista López de Hoyos.
En 1569 fue acogido en Italia al servicio del cardenal Acquaviva, luchando dos años más tarde en Lepanto. En esta batalla resultó herido en una mano, y no manco. Capturado por los turcos en 1575, fue liberado en 1580 por los frailes trinitarios.
A su vuelta a España, luchó sin éxito por ver reconocidos sus méritos y no logró un pasaje a América, al no obtener el permiso necesario. Trabajó como recaudador de impuestos, siendo encarcelado en Sevilla en 1597 por turbios asuntos. Casado en 1584 en Esquivias, su matrimonio fue desafortunado. Parece que un asunto de faldas le llevó padecer la acción de la justicia en Valladolid. Trasladado a Madrid, entró bajo la protección del conde de Lemos, lo que no impidió que muriera en 1616 inmerso en la pobreza.
A lo largo de su vida escribió numerosas obras y cultivó variados estilos. Comenzó con la novela pastoril, escribiendo la primera parte de La Galatea (1585), sin ningún éxito. Su siguiente trabajo no se producirá hasta 20 años más tarde, siendo la primera parte de El Quijote, y se dedica al teatro, intentando adaptarse a la moda impuesta por el exitoso Lope de Vega. Tampoco en este terreno alcanza el reconocimiento buscado.
En 1615 imprime la segunda parte de El Quijote, 8 comedias y 8 entremeses, dejando inédita otra obra, Numancia, que no se publicará hasta el siglo XVIII.
Es autor de importantes obras como las Novelas ejemplares (1613), en las que se incluyen excelentes relatos como Rinconete y Cortadillo, El licenciado Vidriera o La ilustre fregona, y Los trabajos de Persiles y Segismunda (1617). Su obra maestra, El Quijote, constituye una de las cimas de la literatura universal. Falleció en Madrid en 1616.
Fray Luis de Granada
Fray Luis de Granada quiso que el nombre de la ciudad que le viera nacer quedara para siempre ligado a su propio nombre y en dicha ciudad, ya con fama de elocuente predicador, estuvo durante varios años en el convento de Santa Cruz. También fue prior del convento de "Scala-Coeli" en la serranía de Córdoba.
Luis de Granada ingresó en la orden dominica a los 20 años de edad, siendo alumno de algunos de los mejores profesores de teología de su tiempo, como Melchor Cano y Bartolomé de Carranza.
Con este último le unirá una gran amistad e identificación y tal vez esta relación sea un factor a la hora de entender los problemas por los que fray Luis habrá de pasar por causa de la Inquisición, dado que Carranza, primado de España, será implacablemente perseguido por el Santo Oficio.
Además, hay en sus obras un indudable sabor erasmista que le ponía bajo sospecha de herejía.
Hacia 1547 escribió su Guía de pecadores, en la que fray Luis recoge un tratado escrito por Savonarola, y también una recopilación del Nuevo Testamento, en el que están el Sermón del Monte, 3 capítulos del evangelio de Juan y una paráfrasis de las cartas de Pablo, todo ello en lengua castellana.
Otra influencia en fray Luis fue el místico Juan de Ávila, cosa que aumentó las sospechas de la Inquisición contra él. De hecho, fray Luis hubo de marcharse a Portugal para alejarse de los manejos inquisitoriales que le habían puesto en la diana. Sus últimos años fueron de intenso sufrimiento, aumentado por el escándalo que se produjo con el "Suceso de la monja de Portugal", en el que fray Luis salió como cándido defensor de una monja iluminada, de la cual después se descubrió que todo era superchería y fraude.
En la tierra de su exilio murió a los 84 años.

Don Álvaro de Luna
Nació en Cañete (Cuenca), hijo de don Álvaro Martínez de Luna, copero mayor del rey don Enrique III y de una mujer de humilde condición social, María de Cañete. Procedía por parte de padre de una de las más ilustres familias aragonesas, como era la Casa de Luna. Don Pedro de Luna, que fue el papa Benedicto XIII, considerado antipapa, era tío-abuelo de don Álvaro, y doña María de Luna, reina de Aragón, prima de su padre.
Don Álvaro debía poseer una extraordinaria precocidad. A los 10 años, sabía leer y escribir, montaba extraordinariamente a caballo y era cortés y gracioso. Estas cualidades y la circunstancia de que el hermano de su padre, don Pedro de Luna, fuera arzobispo de Toledo motivaron que el niño entrara en la corte de don Juan II en calidad de paje. Por su extraordinario talento, don Álvaro de Luna se granjeó el aprecio del rey.
La voluntad del condestable fue la auténtica autoridad del rey, manteniendo ésta en Castilla y siendo el paladín de la lucha que en Europa mantenían los soberanos. Fue un hábil político y luchador infatigable contra las pretensiones de los nobles, especialmente los aragoneses. Después de los incidentes históricos de Montalbán, se hizo crecer al máximo el prestigio y poder de don Álvaro.
En 1423 fue promovido don Álvaro de Luna al cargo de condestable de Castilla, en atención a la enérgica política ejercida contra el infante don Enrique.
En 1425 nace en Valladolid el primer hijo varón del rey, que después ceñiría la corona con el nombre de Enrique IV. Los enemigos mortales, el infante don Enrique y el rey de Navarra, se unieron estrechamente contra don Álvaro de Luna. Para ellos había acabado, con dicho nacimiento, el ardiente deseo de gobernar y repartirse Castilla.
Fue tal la porfía de los nobles, minados por la envidia que les impedía ver la grandeza política de don Álvaro y secundados por la avaricia, que al final las Cortes accedieron a su destierro, dejando al rey desprovisto de su valido, que durante tantos años fue su único apoyo.
Don Álvaro se trasladó desde Simancas al castillo de la villa de Ayllón, acompañado de un brillante séquito de caballeros, prelados y gentilhombres, para sufrir el destierro, que fue la época más dichosa de su vida, ya que gozaba de todos los placeres y vivía más como un príncipe que como un proscrito, y su destierro en vez de menguar su fortuna, era un ascenso. Mientras, en la Corte de Castilla, las cosas llegaron a tanta demasía (muertes, robos, peleas, sacrilegios) que desde los grandes señores hasta los de más baja condición pidieron a gritos al rey que volviera a la corte don Álvaro de Luna. Éste se resistió, pero terminó accediendo con aparente resignación, presentándose al rey en Turégano, ya que se hallaba la Corte en aquella villa segoviana.
El rey le recibió con todos los honores, don Álvaro le hizo una reverencia, el rey se levantó de la silla donde estaba en su estrado y salió hasta él y se echó en sus brazos. Puede decirse que a partir de entonces la paz y el orden reinaron en Castilla.
Viudo el rey don Juan II, el condestable concertó la boda con doña Isabel de Portugal, celebrándose en 1447. Y ésta fue la causa principal de su caída. Después de muchas intrigas, don Álvaro de Luna, maestre de la Orden de Santiago, condestable de Castilla y "soberano" durante tantos años, fue decapitado en la Plaza Mayor de Valladolid el 2 de junio de 1453.

Paisajes de España
Innumerables son los paisajes que Azorín describe sobre España. Tenemos ciudades y pueblos, como Ávila y Maqueda, el monasterio de El Escorial, castillos famosos por su historia y que hoy están en ruinas (por el paso del tiempo), la Universidad de Salamanca, la sierra de Soria plagada de pastores, palacios cerrados y abandonados por sus dueños que se han marchado a las nuevas tierras allende los mares, los corrales de comedias, los tribunales de la Inquisición en diversas ciudades de España, País Vasco y Cataluña, un mar a lo lejos...
Dejando aparte el paisaje del territorio español, un capítulo se dedica completamente a la descripción de una selva virgen americana.

Castillos de España
Así es como se titula uno de los capítulos del libro, donde se esboza suavemente la importancia de los castillos que ya empiezan a decaer, y que más tarde veremos en ruinas.


El castillo de la Mota, en Medina del Campo, se encuentra asentado en el mismo cerro, o mota, que ocupó la primitiva ciudad de Medina, a 52 kilómetros de Valladolid. Situado en las proximidades de la confluencia de los ríos Adajuela y Zapardiel, esta gigantesca fortaleza se eleva majestuosa sobre un montículo en medio de la llanura castellana. Es uno de los castillos más grantes, junto con los de Peñafiel y Gormaz.
El actual castillo se asienta sobre lienzos de muralla del siglo XII, probablemente de origen árabe, construyéndose en los siglos XIII, XIV y XV, con importantes obras realizadas por Enrique IV y los Reyes Católicos en el siglo XV. El actual castillo fue construido en 1440, por orden de Juan II de Castilla, por la familia Fonseca sobre los restos de una fortaleza musulmana. Fue diseñado por Fernando Carreño y Alonso Niño, y construido por dos artistas árabes, Abdala y Alí de Lerma. En época de los Reyes Católicos fue fortalecido.
En el castillo residió Juana la Loca. Más tarde fue prisión de Estado y encerró importantes personajes de la vida política. Aquí estuvo encerrado César Borgia, intrigante personaje de la vida política del Renacimiento a quien el Gran Capitán hizo prisionero en Nápoles. Encerrado en este castillo, pudo huir gracias a la complicidad con el conde de Benavente. Se refugió en Navarra ya que el rey, Juan de Albrit, era hermano de su esposa.
En el castillo de Alaejos, hoy desaparecido, estuvo retenida doña Juana de Portugal en el siglo XV, esposa de Enrique IV, por Alonso de Fonseca, escapándose tras una larga peripecia, donde no faltaron sobornos y amoríos, para terminar reuniéndose con don Beltrán de la Cueva en Cuéllar.
1520 fue un año nefasto. En este año los comuneros señorearon en Alaejos, devastándolo todo, arrasando y robando lo que pudieron: ermitas, iglesias, hospital, monte, ayuntamiento... tan solo el castillo aguantó.
El castillo de La Estrella, en Montiel (Ciudad Real), fue construido por los árabes en el siglo IX y, después de ser reconquistado por los cristianos, reformado en 1226.
Fue habitado por Pedro I "El Cruel". Este castillo estaba comunicado por túneles subterráneos con el Cerro de San Polo donde habitaba su hermano con el fin de protegerse de los enemigos y poder escapar.
Se encuentra en estado de ruina. Con piedras caídas por todas partes. Se estuvo excavando para buscar oro u objetos de valor, pero no encontraron nada. Eso es lo que lo dejó en estado de ruina.
El castillo de Monzón se encuentra asentado sobre un cerro de laderas escarpadas en la localidad del mismo nombre, en la provincia de Huesca, a 70 kilómetros de la capital por la carretera de Lérida.
La primitiva fortaleza musulmana, llamada "Monçones", fue conquistada por los reyes cristianos y se convirtió en la principal encomienda del Temple. Estuvo en manos de esta orden hasta la desaparición de la misma. Sufrió numerosos asedios a lo largo de su historia. En la colegiata (hoy catedral) de Santa Maria del Romeral, ubicada casi en las faldas del castillo, se reunían las Cortes de la Corona de Aragón. En este castillo fue protegido Jaime I durante su infancia de las luchas internas del reino. Su aspecto exterior es moderno, de los siglos XVII y XVIII.
El castillo de Escalona se alza sobre un cerro desde el que domina el terreno circundante, a los pies del río Alberche (afluente del Tajo) que le sirve de protección natural, en la localidad de Escalona, al norte de la provincia de Toledo.
Escalona es una villa de origen romano emplazada en una situación estratégica que debió ser fortificada en época muy antigua para controlar el paso del Alberche. Fue reconquistada a los árabes en el año 1130.
Las torres albarranas fueron construidas por Don Juan Manuel. En al año 1424, Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla, habilitó el edificio para usarlo como residencia particular. Posteriormante, pasó a manos de Don Juan Pacheco, caballero de la orden de Santiago, que lo mantuvo hasta siglo XVII.
El puente que pasaba sobre el río Alberche fue construido con los materiales del castillo, pues cuando las tropas francesas iniciaron el ataque a esta zona toledana arrebataron a la fortaleza sus cubiertas primitivas para emplearlas en la construcción del puente que cruza el río Alberche, creando así una comunicación entre las dos orillas.
Durante el reinado de Sancho VII "el Fuerte" (finales del siglo XII, inicios del siglo XIII) se construyó en Olite un primer castillo defensivo, sobre un núcleo romano. Posteriormente, fue mejorándose bajo el reinado de sus sucesores, Teobaldo I y Teobaldo II, de la casa de Champagne. Este primer recinto se conoce como Palacio Viejo o Palacio de los Teobaldos, y es donde se ubica el Parador Nacional.
Los reyes de Navarra solían acudir a él de manera esporádica, al igual que a las otras residencias repartidas por el viejo reino. Cada monarca tenía preferencias por determinadas mansiones, pero ninguna podía considerarse como su residencia fija. Este carácter "nómada" comenzó a desaparecer con Carlos II "el Malo" (segunda mitad del siglo XIV) cuando, una vez fracasados sus intentos por hacerse con la corona de Francia (1360), decidió centrarse en el gobierno de su reino, siempre en alerta ante los constantes ataques de castellanos y aragoneses. Durante esta época existían dos palacios menores contiguos, uno correspondía al Infante Luis, hermano y lugarteniente de Carlos II.
Las obras de ampliación que dieron lugar al recinto actual se realizaron durante el reinado de Carlos III "el Noble", de la casa de los Evreux. Aunque nacido en Francia, la mayor parte de su juventud la pasó en Olite, lo que explica su predilección por esta villa. Durante sus primeros años de reinado tuvo que resolver la compleja herencia política de su padre, después pudo desarrollar una vida cortesana plena y llena de esplendor, propio de un reinado estable.
Los primeros trabajos fueron obras de reparación: tejados, pintura, etc.. Después buscó una solución para resolver el problema de la falta de espacio. En 1388 se compraron casas y solares para hacer una plaza (Plaza de los Teobaldos) que ofreciera un acceso más amplio y digno. Se trataba del Palacio Viejo.
Se decidió la ampliación del palacio con nuevas construcciones. En esta época, al poco de casarse el rey Carlos III con Leonor de Trastámara, ella lo abandonó regresando a su tierra natal, Castilla. Todos los intentos por hacerla regresar fueron en vano. La reina Leonor argumentaba que en Navarra disponía de escasos recursos económicos y que sentía peligrar su vida. Así pues, sólo cuando el rey Carlos ofreció las garantías suficientes al hermano de ésta, el rey Juan I de Castilla, de que las peticiones de Leonor serían atendidas, la reina regresó a Navarra, en marzo de 1395. El empeño del rey en cumplir sus promesas se tradujo en un repentino impulso de reforma y mejora del palacio. Quería rodear a su esposa de un ambiente cortesano lo más acogedor posible.
En 1399 se adquieren más solares por la parte de la Iglesia de Santa María para edificar nuevas habitaciones para la reina, y en 1400 se vuelven a comprar casas y solares de la judería vecina.
La edificación de este Palacio Nuevo la afrontó Carlos III sin ningún esquema premeditado de conjunto, y por tanto, el resultado final se corresponde con una yuxtaposición de nuevas unidades, edificios y jardines.
La primera fase del palacio comprendió las habitaciones para la reina, denominado Palacio de la Reina o Torre Nueva, la capilla real y algunos locales y pasajes menores hacia la parte norte de la iglesia. En una segunda fase, se emprendieron las construcciones del conocido como Palacio del Rey. En él se integraban una Gran Torre, apoyada sobre el muro de cierre de la villa, y la llamada Galería Dorada. Estas obras estaban terminadas para el año 1406. Una pequeña torrecilla junto a la Gran Torre, dos nuevas galerías y el arreglo de los jardines fueron las obras que se ejecutaron a continuación. Entre los años 1411 y 1414 se completó la edificación de las torres exteriores del palacio: la Ochavada, la Joyosa Guarda, la del Portal de Fenedo y la de los Cuatro Vientos. El conjunto estaba prácticamente terminado y su fisonomía era casi definitiva. Sólo faltaban algunas estancias menores, que se construyeron de acuerdo a las nuevas exigencias o al ritmo de las oportunas reparaciones. Las últimas renovaciones de importancia se realizaron a finales del siglo XV a cargo de Catalina de Foix y Juan III de Albret. Y ya por último, habiendo dejado de ser Navarra un reino independiente, el marqués de Almazán introdujo hacia el año 1584, algunos cambios, como la portada de entrada al Palacio Viejo coronada por un blasón que hace referencia a Felipe II.
El castillo de Pedraza se encuentra en un extremo del cerro donde se asienta la población del mismo nombre, en la provincia de Segovia.
El castillo de Pedraza se encuentra en la cuna que vio nacer al Emperador Trajano, en la antigua "Meterosa" nombrada por Tolomeo. El castillo fue construido entre los siglos XIV y XVI. Perteneció a las familias Herrera y Fernández de Velasco (duques de Frías y condestables de Castilla). En 1529 los hijos del rey de Francia, Francisco I, fueron rehenes en este castillo.
Cuenta una leyenda que allá por el siglo XIII un infantón que señoreaba el castillo se casó con una bella plebeya llamada Elvira que había tenido amores con un muchacho de su misma condición llamado Roberto. Al desposar ésta, el joven ingresó en un convento. Muerto el cura del castillo y teniendo que partir el noble de viaje hizo llamar a un nuevo monje, coincidiendo que éste era el padre Roberto. A la vuelta el noble se enteró de la relación de su esposa y el monje y se vengó, poniendo sobre la cabeza de él una corona de hierro puesta al fuego y a ella, que huyó hacia la torre, prendiendo fuego a la misma. Dicen que el noble desapareció y no se supo más de él.
El castillo de Arévalo se encuentra en un extremo de la población del mismo nombre, en la provincia de Ávila, al borde de una zona amesetada en el vértice de la confluencia de los ríos Arevalillo y Adaja, cuyos cauces le sirvieron de foso natural.
Arévalo fue repoblada en el siglo XI, tras la toma de Toledo. El castillo fue mandado construir a mediados del siglo XV por don Álvaro de Zúñiga, y a su muerte pasó a manos de los Reyes Católicos. Posteriormente fue convertido en prisión hasta el siglo XVII, y durante la guerra de Independencia fueron eliminadas sus defensas. En el siglo XIX con la Guerra de Sucesión y la de Independencia fue arruinándose paulatinamente, aprovechándose su recinto como cementerio hasta el siglo XX.
Su función principal fue la de servir de prisión para personajes de renombre. Allí fue encerrada Doña Blanca de Borbón por su esposo, el rey Pedro I el Cruel. Posteriormente, en 1592, Felipe IV mantuvo prisioneros entre sus muros al príncipe de Orange, don Guillermo de Nassau, y a su custodio, el capitán don Diego Osorio.
El castillo de Javier se alza sobre una roca en las proximidades de la localidad del mismo nombre, provincia de Navarra, limitando con la provincia de Zaragoza.
Este castillo fue construido en el siglo X, reformado en los siglos XII y XIII, alrededor del año 1300, y posteriormente en el siglo XV. En el año 1516 fue parcialmente destruido por orden del Cardenal Cisneros, a causa de las continuas revueltas que se sucedieron. En el año 1223 pertenecía al rey de Aragón y en 1236 pasó a manos del rey de Navarra. En el siglo XVI fue propiedad del padre de San Francisco Javier, y en este castillo nació el propio San Francisco Javier, cofundador, junto con San Ignacio de Loyola, de la Compañía de Jesús.
Javier es una zona muy frecuentada pues se encuentra muy cerca de la Ruta Jacobea. La tradición de hospedar a los peregrinos se remonta siglos atrás, ya que los señores del castillo albergaban a los transeúntes del Camino de Santiago. Actualmente, en el mes de marzo, se celebran las llamadas "javieradas", que son peregrinaciones que se hacen hasta esta localidad navarra. Allí van personas de todas las edades y de cualquier parte de la geografía, por caminos y senderos que proliferan de forma notable en esta zona peninsular.
Sin duda la pieza clave y singular de la fortificación de Pamplona fue su Ciudadela. Fue Felipe II su promotor en el año 1571 y con ella se trataba de sustituir el castillo de Fernando el Católico, ya anticuado. Al terminar la centuria había desaparecido y sus piedras se utilizaron en la construcción de la Ciudadela.
El emplazamiento elegido como más idóneo fue a cierta distancia de la ciudad. El encargado por el monarca para diseñar su traza fue Giacomo Palearo "el Fratín" pero también intervino en los planteamientos y ejecución el virrey de Navarra, Vespasiano Gonzaga y Colonna. El recinto, de acuerdo con las nuevas fórmulas de la ingeniería renacentista italiana, se concibió como un pentágono estrellado de cinco puntas con baluartes en los extremos, que recibieron los nombres de San Antón, la Victoria, Santiago, Santa María y San Felipe el Real. El pentágono se encontraba en el grupo de figuras geométricas consideradas por el pensamiento renacentista como perfectas, por lo que la Ciudadela de Pamplona forma parte de una serie excepcional de obras que plasman genuinos principios renacentistas.
Bajo el virreinato del conde de Oropesa se añadieron medias lunas y un polvorín, dándose por concluida la Ciudadela en 1646. A partir de entonces se dotó su interior con otros servicios como la capilla, almacén de víveres, etc., si bien nuevas necesidades obligaron a la construcción de otras medias lunas, rebellines y contraguardias.
El ingeniero Ignacio Sala fue el responsable de las obras que se llevaron a cabo en el interior de la Ciudadela en 1720; reformó el pabellón de Mixtos o almacén de víveres y cambió el emplazamiento de la puerta del Socorro. La protegió con un gran espacio abovedado a prueba de bombas. En el plan original se localizaba junto al baluarte de Santa María. Uno de los ingenieros más renombrados del momento, Jorge Próspero de Verboom, autor de la ciudadela de Barcelona, proyectó en 1725 la sala de Armas, entonces arsenal de artillería, una de las partes más emblemáticas del conjunto. Hacia mediados del siglo XVIII se trasladó el cuerpo de guardia a la parte superior de la puerta principal.
Desde que se concibió la Ciudadela de Pamplona fue un centro de gran actividad constructiva. Del primer proyecto de un simple pentágono de cinco puntas, terminó dibujando una complicada planta estrellada con múltiples ángulos. También originó numerosos planes y proyectos que no llegaron a realizarse.
La Ciudadela de Pamplona, una interesante construcción militar del último cuarto del siglo XVI, reformada en siglos posteriores, mantiene todavía, aunque parcialmente, su planta estrellada de la que forman parte los baluartes de San Felipe el Real, Santa María y Santiago, habiéndose destruido casi en su totalidad los de San Antón y la Victoria para poder construir el Primer Ensanche de la ciudad; asimismo se mantiene el cerco murado de piedra, con un ligero talud que la circunda.
El castillo de Bellver, es decir, "buena vista", se encuentra situado en el lado oeste de la bahía de Palma, a más de 100 metros sobre el nivel del mar, en la ciudad de Palma de Mallorca, isla de Mallorca, en las Islas Baleares.
El castillo de Bellver es todo un símbolo del poder del rey Jaime II de Mallorca, quien ordenó su edificación durante la efímera vida de este reino insular (1276-1349). Para su construcción se contó con el arquitecto mallorquín Pedro Salvá, que finalizó las obras alrededor del año 1310 y trabajó conjuntamente con el pintor Francisco Cabalti, autor de las pinturas interiores de la fortaleza. Jaime II de Mallorca estableció en Bellver la Corte de su reino, pero sus sucesores no quisieron residir en él, por lo que Bellver comenzó su larga andadura alternando su destino de residencia de verano, con Pedro IV de Aragón, tras su coronación en Palma, y refugio contra la epidemia de peste con Juan I, con su papel de fortaleza militar durante la rebelión de las Germanías y de puesto defensivo contra los ataques turcos.
Su historia posterior le convirtió primero en punto de reunión de condenados a galeras y, más tarde, en hospital de enfermos de peste. Pero fue su destino como cárcel el más duradero de todos, hasta bien entrado el siglo XX, habitando en sus muros prisioneros insignes como Gaspar Melchor de Jovellanos, privado de libertad en sus mazmorras desde el año 1802 al 1808, el general Lacy, fusilado pocos años después en la misma fortaleza, y Martínez Campos. El gusto por las artes escénicas de algunos de sus habitantes, como doña Violante de Aragón, les llevaron a convertir el castillo en escenario de fiestas, danzas y sesiones poéticas.
El castillo de Carlos V es el edificio más significativo de Fuenterrabía. Se trata de una fortaleza de planta rectangular construida a finales de la Edad Media en la parte más alta del promontorio donde se situaba la ciudad. El nombre que lleva se debe a que fue ampliada durante el reinado del emperador Carlos V, que se hospedó en este castillo-palacio. Durante la mayor parte de su historia estuvo destinado a la función de cuartel y de residencia del gobernador de la plaza militar.
Ha sufrido numerosos avatares a lo largo de su historia. En 1660 sirvió de residencia de la familia real española durante los esponsales de la infanta española con el futuro rey francés Luis XIV de Francia en la cercana Isla de los Faisanes. En 1794 quedó severamente dañado por las tropas francesas.
A principios del siglo XX el edificio se encontraba en ruinas. En 1968 fue rehabilitado y transformado en Parador nacional, función que sigue cumpliendo en la actualidad, siendo el único de esta red de hoteles estatales que se ubica en la provincia de Guipúzcoa.

La Inquisición
Dos de los capítulos más interesantes del libro de Azorín es aquel en el que habla del viejo inquisidor. Describe el momento de lucha interior porque debe condenar a alguien que ha puesto la fe por encima de la razón (en el siglo XVI era condenable, lo importante era la razón). Varias páginas más adelante el mismo inquisidor mantiene una lucha interna por condenar o no a su hijo, estudiante de medicina que viajó por París y Flandes. En su baúl de viaje ha encontrado libros luteranos, y por tanto herejes. No sabemos lo que hizo el inquisidor ante el primer caso ni ante el segundo. Carece de importancia, lo relevante aquí es esa lucha interior, sus pensamientos, duda porque él también tiene fe.

La Inquisición Española fue creada en 1478 por una bula papal con la finalidad de combatir las prácticas judaizantes de los judeoconversos españoles. Dependía directamente de la Corona española. Se implantó en todos los reinos de España, en Sicilia y Cerdeña (que entonces formaban parte de de la Corona de Aragón) y en los territorios de América (hubo tribunales de la Inquisición en México, Lima y Cartagena de Indias. La Inquisición se convirtió en la única institución común a todos los españoles, con excepción de la propia Corona, a quien servía como instrumento del poder real: era un organismo policial interestatal, que traspasaba las fronteras entre las coronas de Castilla y Aragón.
La Inquisición española no fue abolida hasta 1834.
Proceso penal. Al llegar a una población se proclamaba el "edicto de gracia" o "edicto de fe", en que el hereje podía confesar su culpa sin que se le aplicase la confiscación de sus bienes, la prisión perpetua ni la pena de muerte. Esto provocaba autoinculpaciones, pero también numerosas delaciones, protegidas por el anonimato. Los denunciados no conocían en ningún momento de qué se les acusaba. El secreto sumarial con que el Santo Oficio llevaba sus procesos provocaba un gran temor en la población y convertía a cualquier ciudadano en un posible delator o colaborador del tribunal.
El detenido era encarcelado en una cárcel especial. Se confiscaban sus bienes para su mantenimiento y los gastos de su proceso. Incomunicado, el reo ignoraba a menudo por completo los cargos que se le imputaban. El proceso consistía en una serie de audiencias en que se escuchaba a los denunciantes y al acusado. Este último contaba con un abogado defensor, que no la defendía sino meramente le amonestaba a que confesase sus culpas o le asesoraba en cuestiones de procedimiento. Para obtener la confesión del reo se recurría en ocasiones a la tortura.
Finalmente, se dictaba sentencia. El proceso podía terminar con la libre absolución (en pocos casos), con la suspensión del proceso o con una condena. La condena podía ser leve o vehemente. En el primer caso el castigo podía ser una multa, una reprensión y llevar un sambenito para que la gente supiese que había sido penitenciado por el Santo Oficio y prestase atención a lo que decía por si volvía a cometer herejía. En el segundo caso, era, según la fórmula, "relajado al brazo secular", esto es, entregado a la jurisdicción ordinaria para su ejecución. Si el reo a ajusticiar se arrepentía, se le ahorcaba (baja condición social) o se le degollaba (alta condición social); si no abjuraba de sus errores, se le quemaba vivo. Los procesos podían hacerse también en ausencia del reo, de forma que si se le sentenciaba a la máxima pena, se les podía quemar en efigie, en forma de un muñeco con sus rasgos. Si el reo había muerto ya, se desenterraban sus huesos y se quemaban. Eso pasó, por ejemplo, con los padres del humanista Juan Luis Vives.
Las ejecuciones se realizaban en los autos de fe, actos públicos en los que se buscaba la ejemplaridad del castigo y que terminaron convirtiéndose en aparatosos festejos.

Corrales de comedias
Los corrales de comedias eran unos teatros populares que proliferaron en la España entre los siglos XV y XVIII. Fueron la sede no sólo del teatro, sino también de la zarzuela y la tonadilla dieciochesca. Estos locales aprovechaban el patio central (el corral) comprendido entre las casas de vecindad.
En un corral de comedias, el público se distribuía rígidamente según su sexo y condición social. Frente al escenario había un patio, en el que se colocaba el pueblo llano, de pie (aquí se situaban los mosqueteros, que podían arruinar el éxito de una representación). Eran las entradas más baratas, sólo para hombres.
Delante del patio, estaban las gradas, con bancos para sentarse si se pagaba un suplemento. Además, para los más pudientes, estaban los aposentos o palcos, que correspondían con los balcones interiores de las casas: eran alquilados a las familias nobles y de la alta burguesía. La "cazuela" era la zona reservada a las mujeres, que eran introducidas a presión en ella por una figura singular, la del apretador.
Esta cazuela estaba situada al fondo del patio en una tribuna elevada. En ella, las damiselas se encontraban a salvo de la mirada y la mano ligera de los rufianes. Por encima de las filas de palcos, se encontraba la tertulia, donde se reunían los clérigos y los literatos para discutir sobre la calidad y moralidad de la obra representada.
Por debajo de la cazuela se situaba la alojería, tenderete donde se vendía la aloja, una bebida refrescante (era una mezcla de agua con miel y especias), probablemente derivada del hidromiel romano y árabe. No sólo se vendía aloja, también había barquillos, obleas y otras golosinas. Frente al escenario se situaba el palco real, reservado al monarca. Felipe IV era muy aficionado al teatro. En el de la Cruz actuaba su amante, María la Calderona, con la que tuvo un hijo, el segundo Juan José de Austria.

Punto final
Si hay un capítulo que me ha llamado la atención especialmente es el del descanso en el camino. Un descanso al lado de unas ruinas, ruinas de un posible castillo que quizás parecía inexorable, pero que ha sufrido la huella del tiempo en sus piedras. Es la "tragedia del tiempo que se desvanece". Mientras, al lado están los frágiles chopos que airean sus hojas al aire. Con el paso del tiempo ahí siguen, aunque parezcan destinados a morir. Esa comparación me encantó.
Ese capítulo resume la esencia de Una hora de España.

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