martes, mayo 23, 2006

El hilo de Ariadna


El rey cretense Minos llevaba mucho tiempo asediando la ciudad de Atenas, donde el rey Egeo veía, consternado, cómo la peste y el hambre diezmaban a la población. Para levantar el asedio, Minos propuso estas condiciones:
-"Cada año, durante 9 años consecutivos, 7 jóvenes y 7 doncellas deben ir de Atenas a Creta para ser entregados como pasto al Minotauro".
El Minotauro era un monstruo cruel, con un robusto cuerpo de hombre rematado por una cabeza de toro, en la que flameaban unos ojos feroces. Este monstruo era hijo de Minos y Pasífae y se alimentaba de carne humana. Minos había encerrado al monstruo en un laberinto, construido por Dédalo. De este laberinto era imposible salir una vez que se había entrado en él. Se hallaba atravesado por oscuras y tortuosas cavernas, una red de corredores sin fin, miles de galerías terribles que conducían al centro del palacio laberíntico. Allí, sobre un trono rodeado de antorchas, estaba el feroz Minotauro a la espera de su ración de carne humana.
Al principio, Minos enviaba al monstruo, para que se alimentara, los condenados a muerte y niños pequeños arrebatados a sus madres, pues al monstruo le gustaban mucho. Al imponer a los atenienses el tributo, a cambio de la paz, cada año 7 jóvenes y 7 doncellas de Grecia se dirigían en lúgubre cortejo hacia Creta, donde les esperaba hambriento el Minotauro.
Teseo se encontraba en la corte con su padre Egeo cuando llegaron los mensajeros de Minos en busca de las 14 víctimas que serían pasto del Minotauro. El joven príncipe que no sabía nada de este pacto le preguntó a su padre, el rey:
-"¿Y por qué ese tributo ignominioso?"
Al explicarle su padre lo ocurrido, Teseo partió con las víctimas, con el propósito de liberar a su patria de ese tributo. No hubo manera de convencerle de lo contrario.
Antes de partir, Egeo le dio a su hijo dos velas para su navío, y le dijo:
-"Si sales bien de esta, pondrás a tu regreso velas blancas en la nave; en caso contrario, las negras. ¡Que los dioses te protejan, hijo mío!"
Teseo llegó a Creta, pero antes de aventurarse en el laberinto, conoció a Ariadna, la hermosa hija del rey Minos, y ella nada más ver al héroe se enamoró de él. La joven, decidida a salvar a Teseo, le entregó, para que pudiera salir del laberinto, un ovillo de hilo que el joven debía ir devanando según avanzaban, y siguiendo a la vuelta el camino marcado por el hilo encontrarían la salida. Conmovido ante la gentileza, bondad y afecto de Ariadna, Teseo le dijo:
-"Princesa, trataré ser digno de tu confianza y de tu amor, y si salgo victorioso de esta empresa, te pediré que seas mi esposa".
Ariadna no ponía en duda que el héroe saliera con vida del laberinto y después se casara con ella.
Y así fue, Teseo mató al Minotauro a puñetazos, salvó a sus compatriotas y, guiado por el hilo de Ariadna, no tardó en salir del laberinto. Allí le esperaba Ariadna. Teseo la abrazó y le propuso huir de Creta antes de que se enterara el padre de la princesa.
Después de haber barrenado todas las naves cretenses que había en el puerto para que no les alcanzaran, montaron en la nave de Teseo y escaparon a la isla de Naxos, donde decidieron descansar.
Cuando Ariadna despertó, después de muchas horas de sueño, descubrió que en la isla donde habían desembarcado no había nadie. El ingrato Teseo la había abandonado y navegaba hacia su ciudad.
Con la gloria después de haber matado al Minotauro, a Teseo se le olvidó poner la vela blanca. Así que cuando el pobre rey Egeo, desde la torre más alta de la ciudad, vio entrar la nave con la vela negra, pensó que el Minotauro había devorado a su hijo. Desesperado, se arrojó desde la torre al mar, que desde entonces lleva su nombre, Egeo. Así castigaron los dioses la ingratitud de Teseo, que al llegar victorioso a Atenas se encontró con una ciudad que lloraba la pérdida del rey.

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