
La primera faraona...
Una vez me leí un libro, La Dama del Nilo, de Pauline Gedge...
Me lo regaló una amiga por mi cumpleaños diciéndome lo siguiente: "La protagonista del libro es considerada una de las primeras feministas de la Historia". Mi amiga sabía que la cultura del Antiguo Egipto siempre había llamado mi atención... Libro que caía en mis manos devoraba con placer, documentales sobre el susodicho país, aunque fueran actuales, que veía sin permitir a nadie cambiar de canal, información buscada en internet a lo largo de los años... Entonces llegó a mis manos ese libro... de carácter de novela histórica (mi preferida). Varios años después, lo aconsejo, pues tras leerme el libro, no podía creer que esa mujer tan fascinante no hubiera existido y, como mi intuición falla pocas veces, después de documentarme bien, mi sorpresa fue enorme al comprobar que sí existió Hapshetshut.
Hapshetshut era hija de faraones. Su padre tenía varias mujeres pero poca descendencia. Ya cuando era niña se sentía atraída hacia las actividades de los varones, así pues, a pesar de que las mujeres tenían vedada la asistencia a clases que acrecentaran su cultura, la hija preferida del faraón pidió a su padre el derecho de poder acudir a clase con sus hermanos varones. Pero no sólo la cultura le atrajo, sino que también decidió embarcarse en el mundo varonil de la lucha, y también su padre accedió a complacerla, con la condición de que dejara esas actividades en cuanto se hiciera mujer.
A lo largo de su vida muchas personas quedaron en el camino. De sus hermanos, que no llegaron a la decena, sólo quedaron un hermano varón y ella, pero este hermano (de cuyo nombre no me acuerdo) la odiaba por ser la favorita de su padre. Y ella se defendía diciendo que llegaría a ser faraona, ante las burlas del joven que veía eso como algo imposible.
Cuando el faraón supo que iba a morir, ya tenía decidido quién reinaría Egipto, pues había mantenido una conversación con Hapshetshut, diciéndole que si hubiera nacido varón hubiera sido un faraón perfecto, pero al ser mujer no podía ser. Ella le dijo que sí. Ante el inepto de su hermano, que a pesar de odiarla, la necesitaba en el momento en que reinara, y ante todos los sacerdotes, el faraón senil proclamó que Hapshetshut sería quien le sucediera en el trono.
Hasta entonces, los reyes eran los primogénitos varones del faraón que debían casarse con una mujer de sangre real (por lo general hermanas o hermanastras) para asegurar su "deidad" ante el pueblo. El hermano de la joven faraona aseguró ante los dioses que se vengaría de ella de la peor forma posible.
Hapshetshut recibió una educación de hombres, llegó a ir a la guerra, fue una arpía con sus enemigos y estaba al tanto de los tejemanejes que ocurrían diariamente a sus espaldas, sabiendo que el que más conjuraba contra ella era su hermano.
El pueblo llegó a aceptarla tal cual. Ella sudó mucho para conseguir que el pueblo estuviera de su parte, aunque en Palacio las cosas no se vieran de igual manera. Así que se tuvo que casar con un hombre de su misma sangre, de sangre real, con su hermano, pues un hombre con la Corona convertía al país en un país fuerte. A pesar de todo, ella siempre estuvo enamorada del arquitecto de la Corte, y éste de ella, con quien mantuvo relaciones hasta casi el final de sus días...
Con la treintena a sus espaldas Hapshetshut espera en su habitación a que vengan con la copa que contiene la pócima mortal que le hará cruzar el río hacia otro mundo con menos intrigas que el que le tocó vivir.
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