
Cuando anoche a las 4 me entraba un sueño atroz mi último pensamiento fue bueno, ya que últimamente sufro de insomnio. La luz de la mesilla quedó encendida y yo me quedaba con cierto temor respecto a apagarla, pues si lo hubiera hecho quizás se hubiera desvanecido ese momento en que se me cerraban los ojos para volver a abrirlos esta mañana a las 9. Adoro esa libertad de despertarme pronto sin ayuda de un despertador o una llamada.
Hoy es un día normal. Es un día más en mi vida. Lo único que cambia es el libro de la mesilla, unas páginas del gran Azorín, que serpentean entre mis dedos nerviosamente. Quizás hoy, un día normal, al igual que él, a pesar de que no tiene nada especial... quiera convertirlo en algo importante.
También cambia el hecho de que tú no estás para alumbrarme con tus palabras. Quizás evoco, igual que Azorín, esos instantes contigo, ese bienestar que brilla tanto.
Un día más... evoco lo que pudo ser y no es, y quizás nunca lo sea.
Pues en el momento en que le dé a publicar todas las palabras fugaces que pasaban por mi mente en ese momento presente, demasiado efímero, quedan inmortalizadas para siempre como un instante ya pasado.
De mí depende que un día normal cobre más relevancia que el resto. Aunque no haya muchas cosas que cambien.
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