Chipre era antaño una isla célebre por sus muchos habitantes, el poderío de sus naves y la envidiable fecundidad de sus campos, por sus flores de ricos matices y delicados perfumes, por sus gemas preciosas y sus deliciosos vinos. De esta encantadora isla era rey Pigmalión, que pasaba su tiempo libre esculpiendo. El escultor quiso permanecer célibe porque estaba hastiado de los vicios que corrompían el corazón de las mujeres.
Un día, el solitario artista decidió plasmar con sus manos la figura ideal de la mujer por él soñada: la figura de una doncella símbolo de dulzura y reposo, de ternura y respeto, de castidad y belleza, de candor y majestad. Quiso unir la perfección de formas y el reflejo de sentimientos puros femeninos. Pero Pigmalión no copió su estatua de ninguna mujer determinada, sino que procuró crear un tipo superior de belleza que él había soñado, y que su mano reprodujo en marfil de un modo magistral. Esculpió una figura extraordinaria, de maravillosa flexibilidad, exquisita expresión, rostro ovalado, ojos entornados, cejas de irreprochable dibujo, cabellos modelados libremente y pliegues de suaves matices de sombra y luz. Era una figura donde se unían la serenidad y la firmeza, la intensidad espiritual y el ensueño, la pasión, la sencillez y la nobleza. Todo esto estaba reunido en un cuerpo femenino perfecto del que emanaba gran deleite. Pigmalión había esculpido una escultura en la que anidaban todos los aspectos de la feminidad soñada por él. De la estatua fluía tal delicadeza y respeto, tal finura y elegancia, tal hermosura y atractivo, que todo aquel que la contemplara deseaba gozar de una mujer que tuviera las mismas dotes que la figura.
BORIS VALLEJO, Pygmalion & Galatea
Al terminar la escultura, Pigmalión se enamoró locamente de su obra, y cada vez más obsesionado por las ideas y sentimientos que simbolizaba la estatua, deseó verla convertida en un ser vivo. Durante la fiesta en honor a la diosa Afrodita, Pigmalión, después de hacer su ofrenda, le pidió a la diosa una mujer que se pareciera a su estatua. Afrodita deseó complacer al artista, asqueado de la conducta de las mujeres de Chipre.
Cuando el artista se acercó a su obra y sus labios se posaron sobre el marfil, una sensación nueva corrió por todo su cuerpo. La escultura se estremeció ligeramente, abrió sus entornados párpados y unos ojos humanos miraron apasionadamente al escultor. Así nació Galatea, la mujer buena, bella, recatada. Pigmalión no creía que el corazón de una estatua palpitara, colocó su mano en el corazón de la estatua y, sorprendido, se dio cuenta de que la escultura había perdido su dureza y frialdad y de que se encontraba ante una mujer de carne y hueso.
La esperanza y el sueño del rey Pigmalión se habían convertido en realidad. Sus ilusiones habían adquirido forma humana. De este mito se puede sacar una moraleja: “Mantengamos las más altas ilusiones en aquellos con quienes convivimos. Si sinceramente creemos en sus posibilidades las veremos cumplidas”.
JEAN-LEON GEROME, Pygmalion y Galatea
Esta historia da nombre al llamado “Efecto Pigmalión”, que es el proceso mediante el cual las creencias y expectativas de un grupo respecto a alguien afectan su conducta a tal punto que se provoca en el grupo la confirmación de sus expectativas. En todos los grupos sociales, la tradición cultural asigna normas de comportamiento a las que se espera que se amolden sus miembros. Estas normas implícitas imponen códigos de conducta que no es fácil rehuir, por ejemplo, el que una mujer deba tener gestos delicados o que si la familia de una persona es adinerada, entonces esa persona debe vivir en una casa lujosa.
Lo que empieza como una imitación por parte de los hijos de lo que hacen sus padres se convierte en su propio modo de ser. Esto quiere decir que las personas adquieren un rol a partir de los demás, y acaban creyéndolo propio. Se puede decir entonces que somos lo que los demás esperan que seamos. La psicología trata este tema con bastante profundidad. La mejor obra de los padres son los hijos, a quienes inculcan una educación y una cultura, y para lo que les aconsejan respecto a la vida y su futuro... hasta el momento en que cada uno decide seguir su camino.
Supongo que todos nos hemos sentido padres alguna vez, cuando salimos de un examen orgullosos porque nos ha salido bien, cuando miramos a la persona querida, cuando escribimos un fragmento de nuestra vida y deseamos que todo el mundo lo lea, cuando sentimos una canción como propia, cuando conocemos a alguien una noche en un pub, o mismamente cuando cada día actualizamos el flog. Supongo que día a día nos deberíamos sentir orgullosos de nosotros mismos pues la mejor obra que podremos realizar jamás somos nosotros, nuestra persona, nuestra vida...



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