
Esta es la entrada número 100 de mi blog. Por tanto es preciso que vaya dedicada a una persona especial.
Iba caminando por un prado. La hierba reverdeaba a mi alrededor. Miré hacia arriba. El cielo estaba despejado. Esa tarde no podía hacer dibujos con las nubes, que brillaban por su ausencia.He aquí que veo a mi padre, he aquí que veo a mi madre, a mis hermanos y a mis hermanas, a todos mis ancestros a través de los tiempos. Me piden que ocupe mi lugar entre ellos en los atrios de Valhalla, el hogar de los valientes. Para siempre.
Oía el rumor del agua cerca. Comencé a caminar más deprisa y, de repente, delante de mí se extendía, magnífico, un torrente. Había una barca en la orilla. Sus tablas alternaban ordenadamente el rojo y el blanco. Me senté en ella y cogí los remos, pero no los usé. Me dejé llevar por la corriente. Me postré, desviando mis ojos al cielo, entrando en un inesperado ensueño, y me perdí en la inmensidad, la misma inmensidad de tu mirada.
Las sombras de los árboles plasmaban reflejos alargados en las aguas, unas aguas que no dejaban adivinar su profundidad, y evoqué otra profundidad que pocas veces se deja ver al aire libre, una profundidad que te pertenece.
Oí el dulce trinar de los pájaros y me acordé de tu dulzura.
Mis párpados comienzan a abrirse, no lo deseo pues no quiero que acabe nunca esta tarde primaveral que me lleva a ti.
Aunque estés lejos realmente no lo estás tanto. Es como si te sintiera muy cerca. Es lo bueno que tiene la imaginación: podré traerte a mi lado siempre que quiera... aunque estés lejos.
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