lunes, mayo 22, 2006

El castigo de Prometeo


Hefaistos era el dios del fuego, pero al mismo tiempo que él, unido al fuego, estaba Prometeo, perteneciente a la raza de los Titanes. Aunque era de la raza de los dioses, los hombres le consideraban más como un ser de la Tierra que del Cielo.

Se dice que de Prometeo había salido la rosa terrestre, puesto que era el padre de Deukalión, el antecesor del género humano. Deukalión, casado con Pirra, tuvo como hijo a Hellen, padre de los griegos, que se llamaron “helenos” gracias a su progenitor. Hermanos de Prometeo eran Atlas, condenado por Zeus a sostener con sus espaldas la bóveda del Olimpo; Menoitios, hundido en el Tártaro por los rayos de Zeus, a causa de su orgullo y brutalidad; y Epimeteus, la primera mujer, creada por Hefaistos y Atenea.

Cuando Hércules acabó con los Centauros, monstruos mitad hombres mitad caballos que vivían en los bosques, se alimentaban de carne cruda y eran salvajes en sus costumbres, el centauro Quirón, afamado médico, fue herido por el héroe involuntariamente. La herida era graves pues las flechas de Hércules estaban envenenadas con la sangre de la hidra de Lerne, y las lesiones no tenían cura. El centauro Quirón, con grandes dolores, se retiró a su gruta, donde quería morir porque no aguantaba tal dolor. No podía morir pues era inmortal, al ser hijo de Cronos. Apiadado de él, Prometeo, que había nacido mortal, le ofreció su derecho a morir a cambio de la inmortalidad que tanto le pesaba. Así el centauro encontró reposo al fin, mientras Prometeo adquiría el don de habitar en el Olimpo con los dioses inmortales.

GUSTAVE MOREAU, Prometeo (1868)

Prometeo se atrevió a engañar a Zeus para proteger a los hombres. Y así fue como en un sacrificio en honor a los dioses, Prometeo cogió el buey recién sacrificado y lo dividió en dos partes. A un lado puso la carne y las entrañas y lo cubrió todo con la piel del animal. En otro montón colocó los huesos, que disimuló bajo unos pedazos de grasa blanca y limpia. Entonces le dijo a Zeus:
-"Escoged. Lo que no queráis será para los hombres".

ANNIBALE CARRACCI, Hércules y Prometeo

Sin dudar, el dios eligió el montón de grasa blanca, sin imaginar lo que había debajo.
Cuando se vio burlado, se manifestó en él un odio implacable, no sólo contra Prometeo, sino también contra los hombres, cuyas carcajadas por la burla se seguían oyendo. Zeus castigó a los hombres, quitándoles el fuego que tanto les servía. Pero Prometeo, al enterarse, les dijo:
-"No os preocupéis, yo os daré el fuego".


RUBENS, Prometeo

Entonces robó la semilla del fuego de la fragua de Hefaistos y de las ruedas del carro del Sol, y lo llevó a la Tierra.
Airado ante la suerte de los hombres, Zeus encadenó a Prometeo al monte Cáucaso, en donde un águila le devoraba constantemente el hígado durante el día, hígado que volvía a formarse por la noche para que el ave pudiese alimentarse al día siguiente. Y para que su venganza fuese plena, le dijo:
-"¡Juro por el Estigia no desencadenarte jamás!"
Zeus no faltó a su juramento.
Fue Hércules el que atravesó al águila con una de sus flechas y libertó al prisionero. Zeus no protestó, pues estaba tan orgulloso de su hijo y de sus hazañas, que se limitó a sonreír complacido.
Sin embargo, para que su juramento se cumpliese, obligó a Prometeo a llevar siempre consigo una sortija hecha con el hierro de la cadena que le había atenazado, que tenía engarzada un trozo de la roca de la que había sido prisionero tanto tiempo.
Prometeo tenía el don de la adivinación. A Hércules, agradecido, le indicó el modo de conseguir las manzanas de oro, diciéndole que sólo Atlas podía cogerlas del Jardín de las Hespérides. Así que el héroe buscó a Atlas, que estaba harto del castigo de Zeus de sostener la pesada bóveda celeste, y le dijo:
-"Te ayudaré de buen grado, Hércules. Iré yo mismo al jardín a coger los frutos del árbol si tomas mi puesto por un instante".
Hércules tomó sobre sus hombros la bóveda del cielo mientras Atlas, libre de aquel enorme peso, se alejaba sonriendo satisfecho.
Al regresar con los frutos, el gigante le dijo a Hércules que quería llevar por sí mismo las manzanas hasta Micenas, y añadió:
-"Tú espérame aquí, sosteniendo la bóveda celeste".
Hércules, que había comprendido el juego, respondió inocentemente:
-"De acuerdo. Es justo que tú que has cogido las manzanas de oro tengas el honor de llevárselas al rey. Pero déjame al menos, para aguantar hasta tu regreso, que ponga un almohadón sobre los hombros y repose un instante la cabeza, mientras tú sostienes un momento la bóveda del cielo".
Atlas no desconfió de las sencillas palabras de Hércules y cargó de nuevo con el cielo sobre sus espaldas. El héroe rápidamente cogió las manzanas de oro y huyó volando hacia Grecia.

Hércules sosteniendo la bóveda celeste

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