martes, mayo 23, 2006

El héroe Teseo


Hace muchos años, el rey Egeo de Atenas, desesperado por no haber tenido hijos varones, fue al oráculo de Delfos para consultar al dios Apolo. El oráculo le respondió:
-"El rey debe casarse con la hermosa Etra, princesa de Trezena. Ella le dará un hijo valeroso".
El rey celebró su boda con la princesa Etra y la corte celebró grandes fiestas en espera del heredero que cubriría de gloria la ciudad y su estirpe. Pero antes de que naciera el niño, el monarca tuvo que partir hacia Atenas, dejando sola a su esposa. Antes de marchar, y después de esconder sus sandalias y su espada bajo una enorme roca, el rey advirtió a su mujer:
-"Si el hijo que va a nacer es varón, cuando sea lo suficiente fuerte, tendrá que levantar aquella roca con sus manos y cuando coja mi espada y mis sandalias, que venga a reunirse conmigo a Atenas".
Poco después nacería un varón, tal como anunciara el oráculo. Era un niño de gran belleza y de robustos miembros. Le llamaron Teseo. Criado por su madre Etra, Teseo fue cada día más fuerte y hermoso. Le adiestraron desde niño en la caza y la lucha, donde demostraba un gran valor. Era primo de Hércules e imitaba sus hazañas.
Al cumplir los 16 años, Teseo se sintió lo suficientemente fuerte para levantar la roca, cogió la espada y se puso las sandalias, y marchó a Atenas. Antes de darse a conocer, quiso hacerse famoso por sus aventuras. Así liberó al Ática de los malvados gigantes de la montaña. Entre ellos estaba Peritetes, que armado con una enorme clava, impedía a los viajeros que prosiguieran su camino. Teseo lo mató y tomó la clava, que siempre llevó consigo. En Corinto tropezó con el gigante Sinis, que sometía a los viajeros a un suplicio espectacular. Cogía las copas de dos árboles y las unía, por una parte con la cabeza del viajero y por otra parte por medio de sus pies. Después dejaba libres las ramas y la víctima era inmediatamente descuartizada.
Teseo, que podría haber sufrido la misma suerte, sorprendió a Sinis y, con su enorme fuerza, le hizo sufrir el infame suplicio que había infligido a tantos viajeros. En Megara, Teseo se encontró con el gigante Escirón. Lo que hacía éste, después de despojar a todos los viajeros de sus pertenencias y obligarles a lavarle los pies, era arrojarlos desde lo alto de una roca contra los escollos, donde había una enorme tortuga que devoraba lenta y vorazmente a la víctima.
Teseo también venció a Escirón lanzándolo a los escollos, donde la tortuga que aguardaba lo devoró. En el territorio de Eleusis, cerca ya de la llanura de Atenas, vivía el temible gigante Procusto, que se pasaba la vida robando a los viajeros y sometiéndolos a un terrible suplicio. Les hacía tenderse sobre un lecho que nunca se adaptaba a su estatura, o era demasiado grande o era demasiado corto. Si veía que el lecho era corto, cortaba al desdichado el trozo de las piernas que sobresalía hasta que tuviera la medida justa; si el lecho era largo para el viajero, se las estiraba con cuerdas, hierros y tenazas. Los gritos de las víctimas eran desgarradores. Y toda la tierra de Eleusis sufría la tortura de aquellos lamentos inhumanos. Teseo llegó allí y venció al gigante, haciéndole sufrir el mismo suplicio que sus víctimas.
Después de luchar con estos gigantes, Teseo llegó a Atenas, donde se presentó en la corte del rey, anunciándose como un extranjero de paso por la ciudad que deseaba obsequiar al rey Egeo. El soberano habló:
-"Decid a ese extranjero que con gusto le veré esta noche sentado a mi mesa".
Atenas estaba en poder de Medea, una perversa bruja que mediante sus artes y sus encantamientos se había adueñado de la voluntad del rey. Cuando la maga vio al joven héroe, adivinó quién era, así que le susurró al rey Egeo:
-"Señor, ese joven fuerte y valeroso será tu ruina. Te aconsejo que te deshagas de él lo antes posible".
Y con sus manos preparó un poderoso veneno que echó en la copa de Teseo a la hora del banquete. Pero cuando el joven héroe levantaba el brazo para beber de la copa, el rey Egeo descubrió su espada ceñida en el costado de su huésped y gritó.
-"¡Es mi hijo! ¡Es mi hijo!"
Tras arrancarle de la mano la copa, arrojó al suelo el contenido de la misma. Después reconoció a Teseo, al hijo que tanto había esperado, y expulsó del reino a la malvada Medea.

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