domingo, mayo 21, 2006

Las aventuras del sátiro Pan


Los sátiros eran ardientes y lascivos genios de los bosques y montañas, es decir, simples demonios de la naturaleza. Junto con el célebre Marsias, Pan fue el más importante de los sátiros.
Pan nació sumamente extraño, monstruoso. Era completamente velludo, y de medio cuerpo para abajo tenía cuerpo de macho cabrío. De su frente sobresalían dos cuernos de carnero, mientras una barbita de cabra y dos orejas puntiagudas alargaban su arrugado rostro. Recién salido del vientre de su asustada madre, el sátiro Pan escapó saltando como un corzo y corrió por los riscos haciendo cabriolas y expandiendo una gran alegría.
Su padre, el dios Hermes, fue tras él, le dio caza y lo subió al Olimpo donde su aspecto, sus piruetas y sus chillidos regocijaron tanto a todos que los inmortales le dieron el nombre de Pan (“pan“ en griego significa “todo“).
Al silvestre Pan le gustaban tanto las ninfas que las perseguía infatigablemente para aprovecharse de ellas. Dotado de una actividad sexual extraordinaria (“ninfomanía” se ha llamado después a la pasión amorosa exagerada, pensando en Pan), se escondía entre los matorrales y rocas para sorprenderlas. Y si se le escapaban no desdeñaba tampoco a los pastorcillos. Además de las ninfas y los efebos, entre los placeres diarios del sátiro estaban la música y la danza, y se le consideraba el inventor de la flauta. Pan era también cazador, curandero y adivino.
Un día en que Pan estaba a punto de tocar una de sus melodías con la flauta, se fascinó al escuchar la armoniosa y clara voz de una ninfa que cantaba en unos matorrales cercanos. Era la ninfa Eco. Atraído por la belleza de la doncella y por aquel canto divino, Pan se acercó hasta ella y le dijo:
-"Escucha, maravillosa Eco, ¿quieres ser mi esposa?"
La ninfa quedó aterrada al ver a su lado aquel sátiro feo y deforme de orejas peludas y cuernos de cabra. Rápidamente echó a correr por los bosques hasta perder de vista al horrible Pan. Cansada de correr y con un gran miedo, se refugió en una profunda caverna.
Y desde allí invocó a grandes gritos a Narciso, el hermoso y joven cazador de quien estaba enamorada, esperando que acudiera en su ayuda. La ninfa le invocó inútilmente noche y día pero Narciso jamás acudió. El amor y el dolor consumieron a la pobre ninfa, no quedando en la cueva de la solitaria montaña más que su voz.
Desde aquel triste día, Eco responde siempre a los caminantes que pasan y repite la última sílaba de sus palabras, porque ya no tiene fuerzas para llamar a su adorado Narciso, el cruel cazador que no quiso escucharla.

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