
Menuda mañanita que llevo. Recién tomado mi café de sobremesa, he decidido meter horas esta tarde como si me fuera la vida en ello. Tengo el ambiente de estudio perfecto. Estoy sola en casa porque una de mis compañeras de piso no está aquí y la otra está en la biblioteca. Odio las bibliotecas porque, aunque por una parte, el ambiente de estudio es relativamente alto: cuando ves a la gente a tu alrededor con la mirada posada en miles y miles de hojas enseguida metes la cabeza entre tus libros y apuntes. Pero así como es fácil ponerte a estudiar mirando alrededor tuyo también la desconcentración es mayor: cualquier ruido te saca de lo que estás haciendo, o si te pones a observar a la gente siempre encuentras alguna mirada que se cruza con la tuya... Un sinfín de cosas por las que odio ir a las bibliotecas. Aparte la gente que va a las bibliotecas suele presumir diciendo: "Soy mejor estudiante". Muchas veces me he encontrado con gente así. Mis amigas van en grupo pero sé que estudiarán la mitad del tiempo que si lo harían en casa. El peligro aumenta cuando vas con gente: que si un café, que si descanso a tal hora, que si un cigarrito... No, yo si alguna vez no puedo concentrarme aquí y debo ir a una biblioteca, iría sola, donde nadie pudiera encontrarme.
Sé que soy capaz de concentrarme como la que más. Es algo que aprendí del Colegio. Estudiábamos en salas comunes y por narices debías concentrarte. Nos cuidaban profesores para que el silencio fuera atroz. Y funcionaba. Si se oía un murmullo, las personas que hablaban inmediatamente eran expulsadas a otras aulas (por supuesto diferentes). Pero donde esté la tranquilidad de estar sola en casa sin que nadie te moleste...
Seguro que hay mucha gente que va a las bibliotecas por obligación, porque no puede estudiar en casa o quizás porque allí tiene libros de consulta a mano... Pero para mí es un lugar de encuentro y ligue más.
Aquí hay una biblioteca que abre por las noches. Se llama Libreros pero por la profusión de minifaldas y maquillaje y parejitas que salen de la misma se le ha terminado llamando "Ligueros". Algunas veces en el pasado fui a ella. No iba durante el día, sino por la noche porque era un lugar muy tranquilo para ejercitar la mente. Hay menos gente que por el día y por la noche no van a pasar el tiempo sino a estudiar de verdad. No te estás cientos de noches sin dormir para ir a una biblioteca en las horas nocturnas y perder el tiempo...
También iba a otra biblioteca, aparte de las salas de estudio en mi facultad, alguna tarde. Más bien, cuando tenía alguna hora libre entre clase y clase. Iba a la biblioteca de Ciencias que me pillaba a cinco minutos pero porque allí pasaba horas interminables mi último ex-novio, futuro informático que no aprobaba ninguna. Iba para estar con él, aunque terminaba estudiando mis primeros vocablos en alemán. Y cuando me concentraba ni siquiera me enteraba que era hora de marcharse hasta que miraba enfrente y veía al otro poniéndose el abrigo y haciéndome señas de que estaban a punto de cerrar.
Las mesas inmensas de la Abraham Zacut me gustaban más que los pupitres individuales de Libreros, donde no podría extender mi variopinto abanico de hojas, libros y diccionarios.
Un día dejé de ir a bibliotecas. Ahora mi casa pilla a cinco minutos de la facultad.
Dejando de lado estas catedrales del estudio, también me gustaría hablar de los cumpleaños que se acumulan. Me darían ganas de coger a los padres de toda esta gente que ha nacido a finales de mayo (incluidos los míos, pues mi hermano cumple el domingo) y decirles que podrían haber pensado en poner la semillita en invierno en vez de verano. O al menos haber dejado unos intervalos más amplios.
Resulta que esta mañana he ido, por segunda vez en cuatro días, a comprar regalos. Me he recorrido unas cuantas tiendas y después de mucho mirar y mirar he llegado a Sipecusa. Allí había bastantes cosas que han llamado mi atención: los peluches gigantes, los bolsos de colores, las chancletas veraniegas y toda una parafernalia multicolor ante mis ojos. Entre ese grandísimo arco iris me han llamado la atención las cajas que tenían preparadas para tirar al contenedor. Y me hace gracia, que yo iba a comprar regalos, pero quiero cajas en vistas de mi próxima mudanza a mitad de junio. Así que he decidido coger el primer regalo: un perro de peluche gigante que abultaba más que yo. A medida que me acercaba al mostrador he visto objetos que podrían servir para mis otras expectativas cumpleañeras. Y cargadísima como iba he empezado a decir que me lo envolvieran todo por separado. Les he dicho si me podía llevar cajas y así, con una caja abierta, varias más en su interior plegadas y bolsas de regalos dentro, me he recorrido media ciudad, con un sol inmenso que me deshidrataba a cada paso. Mis brazos empezaban a crucificarme porque deseaban cambiar de posición. Llegar a casa ha sido toda una odisea, y más cuando mi objeto de visión estaba parcialmente tapado por el inmenso bulto que llevaba en los brazos. He tenido que hacer paradas, sobre todo al final de una cuesta. Pero ha merecido la pena.
Cuando he llegado a mi casa, los brazos me temblaban tanto que no podía coger nada. Después de sacar la botella de agua del frigo y servirme un vaso de agua, me ha costado horrores llevármelo a la boca, pues mis brazos destilaban un inusual movimiento parkinsoniano que me ha hecho luchar, y temblando por eso y por el hecho de que no consiguiera tener la suficiente fuerza como para agarrar el vaso sin que se me cayera... por fin he saciado mi sed.
Después de varias horas, los brazos me siguen temblando, algo menos, pero parece que todavía no tendré tics pre-parkinson en los brazos...
Mañana, una de esas cajas irá destinada a Correos para mandar mi regalo a mi hermano. Me pregunto si aguantarán mis miembros superiores, o por el contrario debo atar una cuerda y llevarlo como si fuera la bolsa de la compra, intercambiándola de vez en cuando de mano... Menos mal que Correos está cerca.
Después de todo esto mejor será que me vaya marchando. Ahora que es buena hora para comenzar a estudiar.
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