viernes, mayo 26, 2006

El rey Midas

Midas y Baco


Un día, el dios Dionisos iba vagando por Tmolo, acompañado por sus sátiros y bacantes. De pronto, echó en falta a Silene, el famoso y anciano bebedor. Le buscaron. Silene dormía al pie de un árbol, donde fue encontrado por los criados del rey Midas, el rico y avaro soberano de Frigia, quien al conocer la categoría de su huésped le trató con gran respeto.
Enterado Dionisos de lo ocurrido, preguntó a Midas:
-"Por haber tratado tan bien a Silene, ¿qué don quieres que te conceda?"
-"¡Que todo cuanto toque se convierta en oro!" -respondió Midas.
Dionisos le complació, aunque se lamentó de la petición del rey Midas, propia de alguien avaricioso.
Cuando Midas regresó a su palacio, quiso comprobar si el don que le había dado era cierto. Cogió una rama de un árbol y observó, admirado, que inmediatamente quedaba convertida en oro. Cogió una piedra del camino y sucedió lo mismo. Arrancó unas espigas maduras y el trigo quedó convertido en oro. Midas empezó a gritar de forma histérica:
-"¡Soy feliz! ¡Soy el hombre más rico del mundo!"
Corrió a su palacio y les dijo a sus criados que le prepararan la comida. Pero cuando las manos del rey tocaron el crujiente y sabroso pan, éste se convirtió en un frío y brillante trozo de oro. Lo mismo ocurrió con la carne, la fruta, el agua y todo cuanto tocara. Desesperado y hambriento, comprendió el castigo que a sí mismo se había impuesto al formular tan ambiciosa petición. Podría ser el hombre más rico del mundo, pero ya no podría comer y beber, puesto que todo cuanto tocara se convertiría en oro. Así que imploró a Dionisos:
-"¡Oh, Dionisos, ten piedad de mí! Perdóname y libérame de este don que para mí es una maldición".
Dionisos se compadeció del rey Midas y le dijo:
-"Si quieres curarte de tu mal, ve hasta donde brota la fuente del río Paktolo y sumerge allí tu cabeza. Así se borrará tu culpa y volverás a ser como antes".
Midas hizo cuanto le ordenó el dios y fue curado del hechizo. Desde entonces, el río Paktolo arrastra pepitas de oro.
Escarmentado por lo que le había ocurrido, el rey Midas odió toda clase de riquezas y, abandonando su fortuna, se dedicó a caminar errante por los bosques, honrando al dios Pan, adorado por los pastores. Pese a todo, el monarca no estaba todavía curado de su necedad.
Por aquel entonces, la diosa Atenea acababa de inventar la flauta, con la que se entretenía creando melodías. Al ver en un arroyo que su cara se deformaba desagradablemente al tocar la flauta, la tiró al suelo enojada mientras profería los más terribles castigos para quien la recogiese. Quien la encontró fue Marsias, un sátiro de pies de cabra que empezó a tocar el instrumento que había encontrado. Los castigos de Atenea no tardarían en llegar. Tan habilidoso se hizo Marsias en tocar la flauta que, orgulloso, se atrevió a desafiar a Apolo, diciéndole que él tocaba mejor que el dios la lira. Apolo aceptó el reto diciéndole:
-"El q pierda quedará a merced del vencedor".
Marsias aceptó. Empezó la competición entre el sátiro y Apolo en una pradera de Tmolo. Entre los oyentes se hallaba Midas. Después de que cada uno tocara su instrumento, las Ninfas y las Musas dieron la victoria al dios del Sol. Pero el rey Midas censuró la sentencia, diciendo que el sátiro había tocado mejor que Apolo.
Al oír aquello, Apolo miró a Marsias y luego a Midas y dijo:
-"Has de saber, sátiro insolente, que no se desafía impunement a un dios. Y tú, rey temerario, que tienes unas orejas tan malas, que no comprenden las melodías divinas, te arrepentirás de lo que has dicho. Te hacen falta unas orejas mayores para que oigas mejor".
Así que el dios tomó a Marsias, lo colgó de un árbol y lo despellejó vivo. Después se arrepintió de esa crueldad y lo convirtió en río. Se acercó a Midas, tocó sus orejas con su lira e inmediatamente se convirtieron en unas orejas de burro. Cuando Midas contempló aquellas horribles orejas, se sintió afrentado y tuvo un gesto de desesperación. Para que nadie pudiera ver aquella fealdad, se envolvió la cabeza con un turbante. Y regresó a su palacio.
Un día, no pudo evitar que las orejas de asno fueran vistas por un esclavo que le arreglaba el pelo. El rey le dijo que era un secreto y, si quería seguir con vida, que no lo contara. El barbero asintió atemorizado, pero deseaba pregonar lo que había visto, aunque temía morir. Una mañana, el barbero se dirigió al bosque que había cerca de la ciudad. A la orilla del río, hizo un profundo agujero en la tierra, hundió su boca y susurró el secreto:
-"¡El rey Midas tiene orejas d burro!"
A continuación tapó el agujero y se alejó más tranquilo, como si se hubiera quitado un peso de encima. Poco dspués ocurrió una cosa extraña. De aquel agujero nació un cañaveral, cuyas cañas, cuando la brisa las mecía, cantaban:
-"¡El rey Midas tiene orejas de burro!"
Así fue como todo el mundo se enteró del gran secreto del rey Midas.


HENDRIK DE CLERCK, El castigo de Midas (1620)

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