
Al terminar la tarde, me encuentro preguntándome dónde estará y qué estará haciendo. Me imagino preguntándole cómo le ha ido el día. Me podría imaginar sus respuestas, pero esto último prefiero dejarlo en la incógnita. Preferiría poder escucharle directamente, mientras le miro a esos ojos de profundidad misteriosa y nobleza auténtica.
Quizás mañana no le vea, como miércoles.
Sigo en la oficina y no hay un alma en la calle. Pero los pocos que pasan entran o me dan en el cristal, instándome a marchar a casa. Que no son horas.
Otro día que acaba.
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