
Lo cierto es que a las cuatro y media estaba llamando al timbre del piso de arriba para agradecerle su ayuda a primera hora de la mañana. Por supuesto también quería pagarle la llamada. Seguro que aquella señora no esperaba que a esa hora llamara a su puerta agradecida. Ni que anoche hubiera vaticinado que tuviera que sentirme agradecida por un gesto que me ha sacado de apuros.
Después me he encontrado a alguien conocido. Un señor al que veo pasar la mayor parte de los días por la oficina y con el que habitualmente suelo charlar. Iba cargando dos maletas y le he acompañado ayudándole a llevarlas. Su esposa venía por detrás. Lo más terrible es que tiene un nombre raro, bíblico creo, y no me he acordado de su nombre hasta que me he despedido de ellos.
Y llovía en Logroño... Llovía tanto que me han salido tirabuzones, aunque sólo en la parte del pelo que no estaba cubierta por el gorro amarillo. El mismo gorro que me lleva a pensar en un ángel. Me pregunto dónde estará. Llevo varios días sin verle y le echo mucho de menos.
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