miércoles, enero 05, 2011

En medio de un viaje de iniciación

En muchas antiguas culturas, consideraban oportuno realizar viajes de iniciación que separaban dos etapas de la vida: la infancia y la adolescencia. El requisito era que el joven, antes de desposarse, de convertirse en un pater familias y de hacerse un hueco entre los hombres de su tribu, había de realizar un viaje en solitario durante un período de tiempo más o menos largo en el que debía aprender a sobrevivir, donde debía cazar para garantizar su comida, donde debía buscarse un lugar donde protegerse de las inclemencias del tiempo, donde, en definitiva, debía demostrar que se había convertido en un hombre. Eso conllevaba un cambio fundamental en su personalidad.
Siempre me ha llamado la atención la antropología cultural. Conocer otras culturas que muchos consideran no civilizadas es un mundo aparte. Se consideran no civilizadas porque son diferentes, pero el viaje iniciático del que hablaba al principio es una tradición sorprendentemente sabia.
Hace unos años, cuando estudiaba sobre la cultura de los Barí, me sorprendían muchas de las actitudes ante la vida de esa tribu amerindia. Para ellos, en la primera relación sexual se planta la semilla, por lo que a partir de ese momento la mujer puede tener un sinfín de amantes. Si mal no recuerdo, cuando el estado de gestación estaba llegando a sus últimos días, la mujer había de partir en solitario para dar a luz. No imagino a una mujer occidental haciendo algo tan arriesgado.
Siento cierta curiosidad por esa serie de tribus que no tienen nada que ver con nuestro mundo.
Para mí, el viaje de iniciación no ha terminado, porque considero que ese viaje es la vida misma y, por tanto, siempre vamos caminando hacia un rumbo determinado, sobreviviendo ante las adversidades, sorteando los obstáculos, dándonos ciertas satisfacciones que siempre llegan. Con esto quiero decir que siempre hay cosas que aprender, personas de las que aprender y un largo camino por delante, pero lo verdaderamente importante no es el camino que queda sino el tramo en el que estamos en este momento.
Pensaba en ello por algo que me contó alguien hace unos días. Realmente no es una cosa aislada. Por una parte, está el reto, uno de sus muchos retos personales (porque he de suponer que tiene numerosos retos) y, por descontado, yo siempre le animaré a llevarlo a cabo. No lo voy a contar, porque eso forma parte de él y, además, prefiero guardármelo para mí. Por otro lado, estaba la otra historia. A modo de metáfora, vendría a decir que no siempre hay que seguir el camino en línea recta y mirando únicamente al frente, que a veces hay que mirar a los lados, que en ocasiones hay que desviarse y, que si no lo hacemos, posiblemente nos estemos perdiendo muchas cosas. Es decir, el inicio y el final no siempre están unidos por los puntos A y B, sino que alrededor hay infinitos puntos en los que a veces es importante parar.
Cuando pienso en ello, no me sorprende comprobar que me encuentro ante las palabras de un sabio.
Siempre me han atraído las antiguas culturas que difieren de la nuestra, pero a veces es necesario escuchar a las personas más cercanas. Suelen tener historias únicas y algunas de estas historias tienen tanta carga moral que te hacen reflexionar.

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