
Escucho el aire golpear contra la ventana. La de esta noche es una brisa sutil, que se percibe sólo a medias. Bastaría cerrar los ojos e imaginar que es el sonido de una respiración ajena, cercana a mis oídos. Con los ojos cerrados daría nombre al dueño de esa respiración. Bastaría cerrar los ojos para rememorar el dulce sonido de su voz, esa voz tan sensual, tan suave, tan dulce. Y al escucharle recordaría sus ojos henchidos de una perfección sublime.
Le echo de menos. Aunque le haya visto de lejos. No es lo mismo que cruzarse con él, mirarle a los ojos y sentir que el mundo se para. Echo de menos la magia. Aunque él hoy ha estado muy presente.
Un día sin él carece de color.
Si tuviera que pedir un deseo al nuevo año, le pediría verle todos y cada uno de los días. Por la mañana, para cubrirle de besos y describirle lo que veo en sus ojos. A media mañana, para que se congele el tiempo, para que el mundo cese, durante unos minutos, en su continuo girar. A media tarde, para susurrarle lo guapo que está. Por la noche, antes de dormir, para desearle dulces sueños.
Es hora de dormir.
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