Tiziano, La muerte de Acteón (1570), National Gallery, LondresEntre los innumerables lienzos que pintó Tiziano en el siglo XVI, tengo que rescatar La muerte de Acteón, basado en uno de los mitos de la Antigüedad clásica.
Cuenta la fábula que el joven Acteón va de caza y, por cosas del azar, sorprende desnuda a Diana (diosa romana de la caza). Al verse sorprendida, la esquiva diosa le lanza una flecha y lo convierte en ciervo. Acteón es despedazado por su propia jauría de perros de caza, sin que pueda hacer nada por evitarlo.
Para pintar este suceso, Tiziano elige un punto intermedio en el decurso de la fábula: lo esencial ya ha ocurrido. Quien no sabe el principio ni el final del mito no comprende esta pintura. Tal vez cuando Tiziano pintó el cuadro la mitología clásica era conocida por todos. Se desconoce por qué el pintor eligió ese momento y no otro. Es el momento en que la falta ya ha sido cometida y la flecha ha sido lanzada, aunque Acteón no se ha convertido completamente en ciervo. Lo demás es cuestión de tiempo, porque el desenlace es inevitable.
Si he elegido escribir sobre este lienzo es porque, en cierto modo, hoy me siento como el joven Acteón, cuando la flecha ya ha sido lanzada y el final es irreversible. Esa flecha no conlleva la muerte física, sino la muerte de algo de corte espiritual.
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