miércoles, diciembre 22, 2010

Un año cargado de… magia

Si rebobinara los últimos doce meses, es posible que la imagen angelical de alguien muy especial se reiterara sin cesar. A veces con risas, a veces con lágrimas, pero siempre él. Es magia y quien dice magia dice amor. Estos últimos meses comprendí que le amaba sin haber buscado amarle. Al principio no quería creerlo, pero no podía negar la evidencia. Así que lo terminé aceptando.

Enero amaneció lluvioso. Recuerdo que esa primera semana caminaba por la calle y crucé unas palabras con alquien que hasta fin de año conocía de vista únicamente. Y en Nochevieja le hice una pregunta. Al regresar a la oficina en enero, esa persona me dio respuesta a lo que le había preguntado varios días antes.
Entonces le echaba mucho de menos. Apenas le veía y no comprendo cómo podía soportar su ausencia. Recuerdo que temía que sus rasgos se difuminaran hasta acabar en el olvido, aunque, en el fondo, sabía que eso jamás ocurriría.

Enero dio paso a febrero, mes en el cual se iba perfilando una idea. Era un viaje, pero ningún viaje que yo hiciera en 2010. Una ilusión. Un sueño sin cumplir. La respuesta a esa propuesta llegó el primer día de marzo.

Recuerdo que reflexionaba que con él me hubiera ido al fin del mundo si hubiera hecho falta. Y tenía miedo, porque a veces el miedo llega sin avisar. Él nunca supo de ese miedo. Pero, pese a ese temor, hubiera corrido el riesgo, con todo lo que conllevaba.
Entonces comencé a escribir. Cada noche escogía un color y escribía. Realmente le escribía a él, contándole todo lo que quería compartir con él. Obviamente jamás le llegaron estas palabras, muchas cargadas de una tristeza plausible.

Abril comenzó con un viaje a Cantabria. Volví a ver el mar. Y el mar me llevó a recordarle. Estaba asimilando que le quería desde hacía mucho tiempo, aunque hasta entonces no había querido aceptarlo. A mediados de mes lloré por una llamada que jamás llegó. Y en ese momento dolió.

En mayo buscaba la naturaleza que me traía su imagen perfecta a la memoria. Imaginaba que le describía todas las sensaciones, pensaba en él y le echaba de menos en silencio.

Y en junio le dije que me iba al otro lado del mundo. Todos y cada uno de los días que estuve en el país del sol naciente me acordaba de él. Pensaba en todo lo que me gustaría compartir aquellas vivencias, aquellas experiencias, aquellas novedades con él, y además lo plasmaba en palabras. La primera noche decidí contárselo, y así transcurrieron los días.
En las montañas, concretamente en Kanazawa, la guía nos iba a mostrar los restaurantes y yo me escabullí porque me urgía encontrar un Posto(*) antes del cierre. Y desaparecí ante los ojos de todos.
Uno de los momentos más mágicos del año es cuando volví a ver su sonrisa, al regresar de Japón. Me sentí ‘tocada’.

En julio comienza una época radicalmente diferente, porque su ausencia se evaporó y entonces apareció el ángel. Cada día, al verle, sentía una alegría inmensa. Miraba sus ojos y veía perfección en ellos. En el fondo me reconfortaba verle casi todos los días, porque al cruzarme con él sentía que todo estaba bien, que él estaba bien.

En agosto comprendí que cada día iba queriéndole un poco más. Y no me importó. Porque querer a un ángel es complicado, pero reconforta.

Llegó septiembre y soñaba que hacía crujir las hojas caídas bajo nuestros pies, mientras le cogía de la mano y me dejaba llevar por él.

En octubre le veía en cada estrella. Y cada noche, siempre con esa dulzura que le convierte en único, siempre con su mirada llena de nobleza con la que hace quererse.

En noviembre me volví a marchar y también rememoré sus rasgos mientras tomaba el sol en una playa canaria.

Y en diciembre… Diciembre es todavía hoy. Esta mañana estaba guapísimo. Sigue siendo un ángel de alas de plata, una persona especial a la que quiero con locura y, sobre todo, sigue siendo él: indescriptible, misterioso, único, noble, dulce, majestuoso, sublime, encantador, adorable…

‘Mañana’ será enero y él continuará siendo ese ángel que me brinda tantas alegrías cada día.

(*) Posto: A los japoneses no les preguntes por un Post-Office, porque ellos abrevian cogiendo la ‘O’ de Office y añadiéndola al Post inicial, por lo que se crea el Posto (más parecido al italiano que al inglés).

No hay comentarios: