miércoles, diciembre 15, 2010

Recuerdos de otro lugar


Supongo que hay situaciones y momentos en la vida en que nos gustaría estar lejos. Que hable dos veces en la misma semana del mismo lugar (Salamanca) no es tanto por echar de menos aquello sino porque en el fondo me gustaría estar lejos.
Nunca he hablado de lo que significó Salamanca para mí. Allí forjé mi personalidad, allí maduré, allí reí y lloré, allí aprendí a valorar lo que no tenía, allí me eduqué, allí conocí la fiesta de verdad, allí disfruté de los momentos más esplendorosos y también fui víctima de instantes muy caóticos, allí conocí a un variopinto grupo de personas. Pero allí no conocí a ningún ángel.
Salamanca no es tanto una ciudad sino una compañera de viajes. Salamanca es una ciudad que hechiza, que magnetiza, que te atrapa en su magia.
Una parte de mí quedó allí. Al regresar, me amoldé a todo esto con cierta facilidad. Si me hubiera quedado allí echaría mucho más de menos esto de lo que eché de menos Salamanca cuando recalé aquí hace más de un año.
Salamanca es una ciudad bohemia como pocas. Acostumbrada al trasiego continuo de gente en todos los sitios, el invierno aquí me resulta muy pesado, muy vacío, casi fantasmal.
A veces imagino que vuelvo a Salamanca con alguien muy especial y le cuento una historia en cada rincón: le mostraría el astronauta de la catedral, pasearíamos por la antiquísima y célebre Plaza Mayor, veríamos el cielo charro por encima de nosotros, y le contaría la historia de las conchas de la Casa de las Conchas, caminaríamos junto al Lazarillo y el ciego que se ubican junto al río Tormes, caminaríamos bajo las arcadas de piedra dorada de la Gran Vía, le acompañaría a tomar algo junto a los caballos del Tiovivo, le mostraría la calle Libreros (donde se encuentra la biblioteca para estudiantes más visitada de la ciudad, popularmente conocida como "Ligueros"), caminaríamos junto a la monumental Universidad Pontificia, le enseñaría el museo de arte modernista y su magnífica cristalera trasera en la Casa Lis, le explicaría cómo cada 31 de octubre el Mariquelo sube trepando a lo más alto de la torre de la catedral y allí arriba se pone a tocar el tambor, visitaríamos las aulas de piedra del Palacio de Anaya (sede de la Facultad de Filología), pasearíamos junto a la Torre del Clavero y franquearíamos las puertas del Palacio de la Salina (que se encuentra justo al lado de donde yo viví los últimos años allí), observaríamos la catedral al atardecer, caminaríamos junto a las huellas de Unamuno, le susurraría la leyenda del Lunes de Aguas, le explicaría dónde se ubicaba hace unos años el Gran Hotel... Y al buscar entre miles de palabras sobre aquella ciudad, me encuentro con las imágenes del último lugar donde me alojé...

Necesitaba, durante un momento, recordar todo aquello, desconectar de todo esto. Allí tenía muchas cosas, pero allí me faltaba él. Me gustaría tanto compartir todos estos recuerdos con él...

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