
Ésta es la entrada 1746 del 2010. En comparación con los años anteriores, y ya en el último mes, puedo confirmar lo que está a la vista: he escrito mucho. ¿Por qué? ¿Qué (o quién) me impulsa a desvelar lo oculto a través de las palabras?
Cuando en 2006 empecé el blog no escribía todos los días, sino que empezaba algo como quien tiene el deseo de dejar una huella en el titánico mundo de internet, pero no era realmente eso. Hasta entonces yo escribía en hojas sueltas y cuadernos que perdía con la misma facilidad que llegaban a mis manos. De repente, quise plasmar mis pensamientos en un lugar de donde fuera difícil deshacerse de ellos o, al menos, donde se concentraran ciertas ideas, un sinfín de vivencias, otras tantas experiencias, los recordatorios de los viajes o las reseñas de libros leídos y películas vistas para no olvidar.
Siempre he tenido miedo a olvidar. Un miedo atroz al olvido. Y el tiempo siempre termina difuminando los recuerdos. De repente, un día me cansé de decir: “mañana lo escribo” porque nunca llegaba el día en que impregnaba en papel lo que me había prometido escribir, por lo que ese pensamiento concreto se terminaba marchando igual que había llegado.
Entonces empecé a dar forma a todos esos pensamientos y, en aquella época, algo confusa, porque no estaba segura de querer empezar un blog donde pudiera acceder cualquier persona desconocida, empecé a poner por escrito trocitos de mi vida. Y, al ser un espacio propiamente mío, me condicioné (aunque a veces me haya saltado las reglas):
1. Jamás daría datos personales, porque soy tremendamente desconfiada con el mundo de internet. Esto conlleva no colgar fotos donde aparezca yo o cualquier persona cercana. Pero a veces es inevitable hablar de lo que me pilla tan próximo, aunque siempre he medido las palabras para terminar generalizándolo, de tal forma que lo desvinculo, en cierto modo, de situaciones cercanas a mí.
2. No quería convertirlo en un diario personal. Cuando era una adolescente, escribía un diario. Ahora, al releer aquellas primeras lecciones de vida, donde estaba interna, me resulta tedioso porque con leer un día en el colegio leía el resto de días. Es decir, allí, limitada por unos horarios, apenas variaban los días. De hecho, quitando Drácula, no soporto los libros que vienen en formato diario, así como tampoco me gusta el género epistolar. Un diario se convierte en un documento reiterativo. Es el tipo de literatura que no me gusta leer y, por tanto, yo no puedo escribir algo que no me gustaría leer.
Aquí también a veces he contado cosas del día a día, pero de una manera muy puntual y, por lo general, cuando ha ocurrido algo extraordinario, algo que se sale de lo habitual.
3. Me prometí que nunca daría la dirección de mi blog a nadie que me conozca de verdad, más concretamente a mis amigos. La razón es obvia: que ellos me lean me limitaría a la hora de escribir. Y no quiero ponerme trabas a la hora de escribir. Esta es la condición que más he incumplido y por la que tantas veces he cambiado de dirección de blog. Sólo una vez estuve segura de haber dado la dirección a alguien, pero la volví a cambiar. Creo que a él volvería a darle el blog una y mil veces, si hiciera falta, aunque en la actualidad quizás no me atrevo y quizás por eso no lo he hecho.
La idea del blog madura con el paso de los años. Terminó 2006, para dar paso a un año fatídico, tanto personal como familiarmente. 2007 es uno de los peores años que recuerdo. Mi tío murió en septiembre de ese año, pero desde abril sabíamos que se nos iba… Me refugié, de alguna forma, en la escritura. Intentaba explicar algo tan incomprensible como la muerte que lleva a la eternidad, desde el vacío que sentía. Nunca hasta entonces había pensado en el sentido de la muerte como tal. Me desahogaba, lloraba de rabia, me costó asumir que mi tío había cogido un billete sólo de ida a un lugar que se encuentra más allá de lo que nos atrevemos a imaginar. Recuerdo que iba contando los meses, cada día 12… Pasó el año y en 2008 seguía sin comprender, pero algo en mí había cambiado: era una completa descreída, había perdido la fe en todo, había olvidado lo que es tener ilusiones, desconfiaba de todo y de todos. Fue un año demasiado oscuro a nivel personal pero, como todo, también pasó.
Llegó 2009 y ese año fue como despertar de un profundo sueño, o de una pesadilla que llegaría a su fin, al reencontrarme con la magia. Había dejado de creer en el amor hasta que le vi por primera vez. Sentí tal atracción que necesitaba saber quién era. Entonces conocí al ángel. Desde entonces, escribo con un afán y una pasión que antes no utilizaba al dar forma a mis pensamientos, una pasión que desconocía hasta que esa persona apareció por primera vez. Por él he escrito párrafos que, al releerlos, me llegan a emocionar. Y al terminar 2010, veo todas las entradas que he escrito este año y me pregunto cómo es posible que los años anteriores no fuera capaz de escribir tanto y con tanta pasión. Es obvio. De alguna manera, muchas veces necesito expresar lo que siento por ese ángel que parece que, desde el primer momento, me hechizó. Pero no quiero olvidar. No quiero olvidar toda la belleza que siento a mi alrededor con tan sólo imaginarle, con tan sólo soñar con él; no quiero olvidar esos instantes en que aparece él y hace que los días tengan un color especial, no quiero olvidar que la magia existe, no quiero olvidar que él hizo que volviera a creer en la gente, no quiero olvidar que he reaprendido a confiar, no quiero olvidar la intensidad de una palabra, de una sonrisa o de su tacto, no quiero olvidar que, mientras él esté cerca, el mundo que me rodea es simplemente mejor, magnífico, más luminoso, más perfecto… No quiero olvidar que hay un ángel muy cerca.
Si hay una persona que puede aportarte tanto con una milésima de segundo, todo lo que escriba respecto a ese momento es poco… Porque hay tal grandeza en él que todo lo demás se queda pequeño.
Me pregunto dónde estará en estos momentos. Cierro los ojos e imagino las palabras de amor que le susurraría al oído, las palabras de agradecimiento por hacerme sonreír cada mañana...
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